Pobres loucos

Pobres locos

Pero a veces basta con una mala decisión política que alienta la inseguridad o enciende un conflicto; con un giro inesperado de la vida económica; con un quiebro en la suerte o en la salud… Basta que la red que te protegía desde la infancia vaya desapareciendo. Que llegue la ruptura y la soledad. Esa es demasiadas veces la biografía de los que habitan a la intemperie.

PLEsta semana se ocuparon en el programa Hoy por Hoy de la Cadena Ser de los sin techo; hablaron de aquellos peatones, no muchos, que al pasar se detienen a mirarlos o a preguntar cómo están. Para informar de cuál es la situación en Madrid invitaron al psiquiatra Rafael Fernández, jefe del Equipo de Calle de Salud Mental del Hospital Clínico, uno de esos peatones que sí se detiene y pregunta. Unas 600 personas, contó él, se encuentran en tal situación en la capital de España, y especificó que antes eran 800. Algo va a mejor, parece ser. “Un 30% de estas personas”, añadió, “sufren un trastorno mental grave, pero si nos centramos en alcoholismo o adicciones que producen alteraciones de la conducta, entonces son ya el 80%”. Porcentajes varios sobre seres humanos tirados junto a nuestras casas, cual hojas de otoño, en parques, aceras o en esos rinconcitos bien resguardados que suelen cobijar los cajeros automáticos de los bancos. Algunos de esos 400 millones de personas clasificados como “con problemas neurológicos” por la Organización Mundial de la Salud, que tiene un plan hasta 2020, pero sin que se pueda especificar mucho más.

Tal referencia otoñal me hizo recordar Berlín, donde recorrí hace no mucho en bicicleta grandes áreas por motivos varios. Vi más sin techo que nunca. Hay un prototipo de vagabundo de larga duración, generalmente alcohólico, frecuente en las urbes alemanas. Pero no era el caso. Estos estaban sobrios. Como había que descartar el efecto últimos retazos de temperatura estival, regresé a los mismos lugares en horas distintas, e incluso al caer el sol (muchos homeless salen de los albergues temprano y regresan a la noche) y en días alternos. Y allí seguían. Saben en Berlín bien lo que está pasando: muchos son extranjeros, refugiados o inmigrantes varados. Ahí están, vestidos con mil prendas encima; gorros cubriendo los rostros y con todas sus pertenencias acumuladas en esos carritos metálicos de los supermercados que son como metáfora del consumo occidental de todo producto, incluida la pérdida de rumbo. Alemania recibió en los últimos dos años más de un millón de refugiados ante la crisis siria. Y se nota (sumado a la presión migratoria desde el Este). En España, sin embargo, país al que en el reparto europeo posterior le tocó asumir 17.337 apenas ha acogido a 2.190 según datos de anteayer mismo.

Escuchando al doctor Fernández en la SER recordé la sonrisa de uno de estos llamados “locos” en otro contexto. Uno, andando un día por el hermoso barrio de la Medina de Dakar (Senegal), transistor en mano, interpelando a voz en grito a todos los transeúntes. Un conocido grafitero de la ciudad, que nos acompañaba y participaba en un hermoso proyecto artístico en los muros del barrio, al verlo pasar, nos pidió a los periodistas occidentales que nos ocupáramos de ellos. “Son muchos en África. Son el último eslabón de la cadena, los restos, la basura…”, dijo. Lo anotamos en la agenda. Y ya. Los olvidados de los olvidados, así titulaba hace unos años el programa de La Noche Temática de La 2 un documental sobre el tema.


Como las calles del continente más pobre suelen estar, de por sí, repletas de todo tipo de enfermos, los neurológicos se deberían ver mucho menos en ese contexto. Muchos son maltratados, lo sabemos. Pero otras muchas veces no es así, y no lo contamos adecuadamente en los medios: muchas comunidades en África están cohesionadas y son muy solidarias y sí, suelen verlos, alimentarlos y atenderlos como quiera que sea y con lo poco que tengan. Obviamente esto no basta. Si hablar de salud mental en países desarrollados remite a tragedia, en los países en vías de desarrollo, que no tienen ni asegurada los servicios mínimos básicos de asistencia, remite a drama de tintes medievales.

Estos locos vagan (más los hombres que las mujeres; ellas se suelen aislar o refugiar) de un lado a otro, hablan sin parar un día y se quedan quietos y mudos otro, cuando la depresión arrecia. Enloquecen por enfermedad pero también de pena, de miedo, de desesperación o soledad… Sus miradas, sus cuerpos expresan lo mucho sufrido o visto, lo nunca contado. Vidas durísimas de principio a fin. Sabemos que unos 30 millones de africanos (muchos, ciudadanos de los países más pobres y conflictivos de la Tierra) sufren depresión y que reparar las mentes rotas no solo es costoso sino muchas veces imposible de practicar sin sistemas de salud adecuados, sin fondos. Y menos en zonas castigadas por conflictos, como sucede en el norte de Nigeria asoladas por el terrorismo de Boko Haram. O cómo sucedía en Sierra Leona, tras la guerra: seres desorientados por doquier, unos pocos hospitales o manicomios donde eran atendidas algunas víctimas: niños soldado obligados a asesinar a sus familias, niñas violentadas, mutiladas; mujeres y hombres con todo perdido.
Es un mal terrible perder la razón siendo pobre. Lo es, y muy frecuente, hacerlo tras vivir una desgracia, una catástrofe, una guerra. Pero también hay enfermos por la necesidad alimenticia crónica, por la violencia y los abusos constantes, por la pérdida de los seres queridos… Hace unos días publicamos en Planeta Futuro un artículo titulado Cómo abordar la salud mental de los refugiados al hilo de una reunión de psicólogos de emergencias celebrado en Serbia para tratar aquello, interno y devastador, que destroza el alma de tantas personas: huir, perderlo todo, quedar expuesto… Refugiados que abundan (más de 65 millones según ACNUR) hoy más que nunca desde el fin de la II Guerra Mundial. La paz garantiza muchas cosas, entre ellas, la salud mental comunitaria, ciudadana e individual.

Que no hay suficientes psicólogos a pie de calle o en pie de guerra (si se prefiere) fue la conclusión de unas jornadas celebradas hace unos meses por el Colegio de Psicólogos de Andalucía. La fragilidad, la vulnerabilidad es algo intrínseco a nuestro corazón y a nuestra mente. “Uno piensa que eso no te puede pasar a ti”, se oía en las ondas de la SER… Uno espera.

Pero a veces basta con una mala decisión política que alienta la inseguridad o enciende un conflicto; con un giro inesperado de la vida económica; con un quiebro en la suerte o en la salud… Basta que la red que te protegía desde la infancia vaya desapareciendo. Que llegue la ruptura y la soledad. Esa es demasiadas veces la biografía de los que habitan a la intemperie. El 10 de octubre pasado se celebró el Día Internacional de la Salud Mental, pero tampoco nos detuvimos mucho a mirar.

Fonte: EL PAÍS
Por: Lola Huete Machado
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