É possível prevenir o abuso sexual em escolas católicas?

Se você tem filhos em escola católica deveria considerar estas recomendações para que não sofram abusos sexuais enquanto estudam.

Guía para un apoderado de colegio católico en la admisión 2019

De acuerdo a las palabras del Papa Francisco, la Iglesia Católica Chilena sufre de una “cultura del abuso”, manifestada en actuaciones y omisiones de sus más altas autoridades frente a las denuncias de agresiones sexuales en contra de menores de edad, y ahora último respecto de religiosas. O sea, se trata de una cultura abusiva que no distingue el ámbito en que se ejerce el ministerio de los sacerdotes y religiosos agresores.

Uno de los contextos más sensibles de desempeño de sacerdotes y religiosos, sino el más, es el de las comunidades escolares de los colegios católicos, que atienden entre un 15 a 20 por ciento del total de la matrícula escolar del país, esto es, casi un millón de alumnas y alumnos menores de edad.

Si usted pertenece como apoderado a este grupo, si le ha confiado la enseñanza de sus hijos a sacerdotes y religiosos, no obstante la advertencia pública efectuada por el Papa respecto de la cultura del abuso en la Iglesia Chilena, debiera considerar las siguientes recomendaciones para prevenir que sus hijos sufran de abusos sexuales mientras estudian.

Si el sacerdote o religioso ocupa un cargo directivo dentro del colegio, sea o no docente – la mayoría no lo es -, el riesgo es evidente pues en una misma persona confluyen la autoridad escolar y la religiosa dentro de una comunidad educativa y pastoral, que por lo general no tiene contrapeso al interior de un colegio. En el caso que estemos en presencia de un pederasta, este agresor buscará posicionarse en todas aquellas actividades escolares y religiosas que le procuren cercanía y confianza entre los menores, hasta encontrar víctimas que exhiban algún grado de descuido o abandono de parte de sus padres o tutores.

La preparación para el sacramento de la primera comunión o de la confirmación constituyen una inmejorable oportunidad para encuentros privados entre eventuales agresores y sus víctimas. Lo mismo puede decirse respecto de otras actividades en que el sacerdote o religioso pudiere erigirse como responsable del cuidado de los menores, como es el caso de comunidades pastorales y de ayuda social, que demandan traslados y visitas a poblaciones, hogares de ancianos, procesiones hasta santuarios, etc. Un aspecto clave es la extensión del tiempo en que los menores se encontrarán a disposición de su posible agresor.

Los contextos descritos son los más difíciles de controlar porque tanto el agresor eventual como la víctima no se mantienen en un lugar fijo, que pudiere estar vigilado con sistemas de cámaras, por ejemplo; el potencial agresor se desplaza junto con la víctima buscando el espacio ciego en que pueda acometer y concretar el delito. La labor preventiva de los padres demanda una comunicación permanente con sus hijos respecto de todos los detalles acaecidos en alguna de las actividades descritas, verificando si el sacerdote o religioso incurrió en conductas abusivas o precursoras de daños a la intimidad sexual; si se trató de aislar al menor respecto del grupo en que participa.

En el contexto de aula, si el potencial agresor es un sacerdote o religioso que se vale de la docencia para aproximarse a los menores de edad, sería conveniente que los padres puedan acceder on line a través de sus smartphones a todo lo que sucede al interior de la sala de clases, todo el tiempo, en especial cuando los niños la van desocupando y quede la instancia de un encuentro privado entre abusador y posible abusado. La colocación de cámaras de vigilancia al interior de salas de clases es un tema conflictivo en general, pues los docentes estiman que se vulnera su libertad de cátedra. Para mí, esta libertad debe ceder en favor de un bien superior que es la protección y cuidado en todo momento de los menores.

Ahora bien, sea cual sea el contexto, la afectividad natural que buscan con mayor o menor frecuencia los menores respecto de sus cuidadores ocasionales, genera la oportunidad para que un sacerdote o religioso efectúe caricias impropias a la víctima. A estas alturas ya es claro que no cabe ninguna posibilidad de abrazos de los menores con sus cuidadores mayores de edad al interior del colegio, en especial tratándose de los más pequeños de estatura, que con el abrazo quedan expuestos al roce de sus cuerpos con los genitales del agresor. No puede existir contacto físico, y un aspecto que puede dar cuenta de una relación sana sería la actitud del sacerdote o religioso de guardar debida distancia hacia el menor y expresar que la afectividad es posible comunicarla y recibirla sin necesidad de aproximar los cuerpos.

Las actividades deportivas también sirven de contexto para los agresores. Si un sacerdote o religioso se encuentra a cargo de una academia, esto puede servir de indicio de que un pederasta está buscando la instancia que le brinde acercamiento al menor. Qué decir si intenta compartir duchas y camarines con los menores, antes, durante o después de la actividad, como si fuera uno más del grupo de alumnos.

Posiblemente estas sugerencias puedan servir como alertas mínimas preventivas, considerando que buena parte del día nuestros hijos se encuentran bajo el cuidado de una entidad, de un grupo de personas que trabajan en un colegio, pero no bajo la responsabilidad directa de una persona determinada. Eso también podría exigirse en el contrato de prestación de servicios educacionales: que se señale con precisión al profesor o a los profesores que se hacen responsables en todo momento del cuidado de nuestros hijos mientras están en el colegio.

En fin, dado el desdoroso momento que experimenta la Iglesia Chilena, los evidentes encubrimientos de tantas agresiones que se han ido comprobando en todo el país, pareciera razonable la salida de sacerdotes y religiosos de los colegios y que la labor educativa y de acompañamiento pastoral quede entregada exclusivamente a los profesores y demás profesionales preparados para relacionarse cotidianamente con menores de edad. Esto es, separar lo educacional de lo pastoral, y que lo segundo se desarrolle siempre en presencia de los padres.

Fonte: El Mostrador
Por: Ricardo Retamal Ortiz
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