Faça amor não faça a barba

– Papai, eu tenho uns colegas do 6º ano que dizem que você parece um mendigo quando vai me buscar na escola. Tomado de uma curiosidade antropológica irresistível, pedi que o moleque me explicasse melhor o porquê daquela percepção dos colegas.

Outro dia, enquanto tomava fôlego entre uma e outra mordida nos seus sushis e sashimis preferidos, meu filho faz o seguinte comentário:

– Papai, eu tenho uns colegas do 6º ano – meninos na faixa dos onze, doze anos de idade – que dizem que você parece um mendigo quando vai me buscar na escola.

Tomado de uma curiosidade antropológica irresistível, pedi que o moleque me explicasse melhor o porquê daquela percepção dos colegas.

– É porque você vai de bermuda, chinelo e barba grande.

Esses colegas do meu filho associam vestimenta e estética corporal a uma determinada posição do indivíduo na escala social. A mendicância é um estigma, representa a falta de decência moral, equivale praticamente a um crime numa sociedade que valoriza os indivíduos pelo que têm e não por sua postura ética. É a criminalização da pobreza. É a lógica do “você é aquilo que você consegue comprar”. Não se contentam com nada menos do que os melhores celulares, as melhores chuteiras, o melhor sinal de Wi-Fi para jogar aqueles joguinhos interativos do qual entendo bulhufas.

A representação do sucesso nessa sociedade baseada na imagem e no consumo que a alimenta é, seguindo a lógica da galerinha que está às portas da adolescência, um homem na faixa dos quarenta anos que vai buscar o filho trajando um impecável terno e com a barba e o bigode devidamente aparados ou, simplesmente, ausentes, naquele estilo que nós, cariocas, costumamos chamar de “bundinha de neném”.

Fiquei matutando sobre tal percepção da realidade, tal visão de mundo e os valores a ela vinculados. Olho para mim no espelho e não consigo me enxergar sem a barba, cada vez mais branca, é verdade, traço indefectível de minha personalidade e que, modéstia à parte, deixam-me um pouco menos intragável visualmente. Sou um mendigo com doutorado, vejam vocês. Desprezo quem faz apologia à tortura, festejo a diversidade sexual, acredito piamente que a “mão do mercado” é uma falácia, uma historinha pra boi dormir, pra inglês ver. Por outro lado, o pai de terno e barba feita pode ter o colarinho branco, se é que vocês me entendem, porque pra bom entendedor, meia palavra basta. Estereótipos, estigmas, vento que venta lá, venta cá. Miséria material, miséria moral.

A barba por fazer é compreendida como sujeira, falta de higiene, de asseio, falta de banho. Mas ela é muito mais do que isso, ela incomoda porque é uma sujeira simbólica, porque, como dizia a antropóloga Mary Douglas, sujeira “é tudo aquilo que está fora do lugar”, é tudo aquilo que transgride uma determinada ordem das coisas, que desafia o certo e o errado, que questiona e não se curva à “impenetrabilidade da pedra”.

A barba, especialmente aquela pujante e desgrenhada, indomável, indócil, descontrolada, subverte. Nada mais apropriado do que a cultivarmos com carinho nos dias que correm, certo?

Um matrimonio perfeito: os evangélicos, os conservadores e as discriminações

Católicos e evangélicos organizaram marchas contra o movimento LGBT no México, Peru, Colombia, Costa Rica e República Dominicana. No Brasil a bancada evangélica foi contra ações legislativas a favor da população LGBT.

Un matrimonio perfecto: evangélicos y conservadores en América Latina

AMHERST, Massachusetts — Las iglesias evangélicas protestantes, que por estos días se encuentran en casi cualquier vecindario en América Latina, están transformando la política como ninguna otra fuerza. Le están dando a las causas conservadoras —en especial a los partidos políticos— un nuevo impulso y nuevos votantes.

En América Latina, el cristianismo se asociaba con el catolicismo romano. La Iglesia católica tuvo prácticamente el monopolio de la religión hasta la década de los ochenta. Al catolicismo solo lo desafiaban el anticlericalismo y el ateísmo. Nunca había habido otra religión. Hasta ahora.

Hoy en día los evangélicos constituyen casi el20 por cientode la población en América Latina, mucho más que el tres por ciento de hace seis décadas. En algunos cuantos países centroamericanos, están cerca de ser la mayoría.

La ideología de los pastores evangélicos es variada, pero en términos de género y sexualidad por lo general sus valores son conservadores, patriarcales y homofóbicos. Esperan que las mujeres sean totalmente sumisas a sus esposos evangélicos. En todos los países de la región, sus posturas en contra de los derechos de las personas homosexuales han sido las más radicales.

El ascenso de los grupos evangélicos es políticamente inquietante porque están alimentando una nueva forma de populismo. A los partidos conservadores les están dando votantes que no pertenecen a la élite, lo cual es bueno para la democracia, pero estos electores suelen ser intransigentes en asuntos relacionados con la sexualidad, lo que genera polarización cultural. La inclusión intolerante, que constituye la fórmula populista clásica en América Latina, está siendo reinventada por los pastores protestantes.

Brasil es un buen ejemplodel aumento del poder evangélico en América Latina.Labancada evangélica, los noventa y tantos miembros evangélicos del congreso, han frustrado acciones legislativas a favor de la población LGBT, desempeñaron un papel importante en la destitución de la presidenta Dilma Rousseff y cerraron exposiciones en museos.Unalcalde evangélicofue electo en Río de Janeiro, una de las ciudades del mundo más abiertas con la comunidad homosexual. Sus éxitos han sido tan ambiciosos, que los obispos evangélicos de otros países dicen que quieren imitar el “modelo brasileño”.

Ese modelo se está esparciendo por la región.Con la ayuda de los católicos, los evangélicos también han organizado marchas en contra del movimiento LGBT en Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Perú y México. EnParaguayy Colombia pidieron que los ministerios de educación prohibieran los libros que abordan la sexualidad. En Colombia incluso semovilizaronpara que se rechazara el acuerdo de paz con las Farc, el mayor grupo guerrillero en América Latina, con el argumento de que los acuerdos llevaban muy lejos los derechos feministas y de la comunidad LGBT.

¿Cómo es que los grupos evangélicos han adquirido tanto poder político? Después de todo, incluso en Brasil, las personas que se identifican como evangélicos siguen siendo una minoría y en la mayoría de los países el ateísmo va en aumento. La respuesta tiene que ver con sus nuevas tácticas políticas.

Ninguna de esas estrategias ha sido tan transformadora como la decisión de establecer alianzas con partidos políticos de derecha.

Históricamente, los partidos de derecha en América Latina tendían a gravitar hacia la Iglesia católica y a desdeñar el protestantismo, mientras que los evangélicos se mantenían al margen de la política. Ya no es así. Los partidos conservadores y los evangélicos están uniendo fuerzas.

Las elecciones presidenciales de Chile en 2017 ofrecen un ejemplo claro de esta unión entre los obispos evangélicos y los partidos. Dos candidatos de derecha, Sebastián Piñera y José Antonio Kast, buscaron ganarse el favor de los evangélicos. El ganador de las elecciones, Piñera, teníacuatro pastores evangélicoscomo asesores de campaña.

Hay una razón por la cual los políticos conservadores están abrazando el evangelicalismo. Los grupos evangélicos están resolviendo la desventaja política más importante que los partidos de derecha tienen en América Latina: su falta de arrastre entre los votantes que no pertenecen a las élites. Tal como señaló el politólogo Ed Gibson, los partidos de derecha obtenían su electorado principal entre las clases sociales altas. Esto los hacía débiles electoralmente.

Los evangélicos están cambiando ese escenario. Están consiguiendo votantes entre gente de todas las clases sociales, pero principalmente entre los menos favorecidos. Están logrando convertir a los partidos de derecha en partidos del pueblo.

Este matrimonio de los pastores con los partidos no es un invento latinoamericano. Desde la década de los ochenta sucede en Estados Unidos, conforme la derecha cristiana poco a poco se convirtió en lo que puede llamarse el electorado más confiable del Partido Republicano. Incluso Donald Trump —a quien muchos consideran la antítesis de los valores bíblicos— hizo su campaña con una plataforma evangélica. Escogió a su compañero de fórmula, Mike Pence, por su evangelicalismo.

No es accidental que Estados Unidos y América Latina tengan experiencias similares en cuanto a la política evangélica. Los evangélicos estadounidenses instruyen a sus contrapartes latinoamericanos sobre cómo coquetear con los partidos, convertirse en cabilderos y combatir el matrimonio igualitario.Hay muy pocos grupos de la sociedad civil que tengan vínculos externos tan sólidos.

Además de establecer alianzas con los partidos, los grupos evangélicos latinoamericanos han aprendido a hacer las paces con su rival histórico, la Iglesia católica. Por lo menos en cuanto al tema de la sexualidad, los pastores y los sacerdotes han encontrado un nuevo terreno común.

El ejemplo más reciente de cooperación ha sido en el enfoque: el lenguaje que los actores políticos utilizan para describir sus causas. Para los sociólogos, mientras más actores logren enfocar un asunto para que resuene entre múltiples electorados, y no solo el principal, más probable es que influyan en la política.

En América Latina, los clérigos tanto católicos como evangélicos han encontrado un enfoque eficaz para su conservadurismo: la oposición a lo que han bautizado como “ideología de género”.

Este término se usa para etiquetar cualquier esfuerzo por promover la aceptación de la diversidad sexual y de género. Cuando los expertos argumentan que la diversidad sexual es real y la identidad de género es un constructo, el clero evangélico y católico dice que no se trata de algo científico, sino de una ideología.

A los evangélicos les gusta enfatizar la palabra “ideología” porque les da el derecho, argumentan, de protegerse a sí mismos —y en especial a sus hijos— de la exposición a esas ideas. La ideología de género les permite encubrir su homofobia con un llamado a proteger a los menores.

La belleza política de la “ideología de género” es que ha dado a los clérigos una forma de replantear su postura religiosa en términos laicos: como derechos de los padres. En América Latina, el nuevo lema cristiano es: “Con mis hijos no te metas”. Es uno de los resultados de esta colaboración entre evangélicos y católicos.

Políticamente, podríamos ser testigos de una tregua histórica entre los protestantes y los católicos en la región: mientras que los evangélicos acordaron adoptar la fuerte condena de la Iglesia católica al aborto, el catolicismo ha adoptado la fuerte condena de los evangélicos a la diversidad sexual y, juntos, pueden confrontar la tendencia en aumento hacia la secularización.

Esta tregua plantea un dilema para el papa Francisco, que está por terminar una gira por América Latina. Por una parte, ha expresado su rechazo al extremismo y su deseo de conectar con los grupos más modernos y liberales de la Iglesia. Por la otra, este papa ha hecho de los “encuentros cristianos” un sello distintivo de su papado, y él mismo no es del todo alérgico al conservadurismo cultural de los evangélicos.

Como actor político, el papa también se preocupa por la decreciente influencia de la Iglesia en la política, así que una alianza con los evangélicos parece el antídoto perfecto contra su declive político. Una cuestión apremiante que el papa necesita ponderar es si está dispuesto a pagar el precio de un mayor conservadurismo para reavivar el poder cristiano en Latinoamérica.

El evangelicalismo está transformando a los partidos y posiblemente a la Iglesia católica. Los partidos políticos se concebían a sí mismos como el freno esencial de la región en contra del populismo. Ese discurso ya no es creíble. Los partidos están dándose cuenta de que unirse a los pastores genera emoción entre los votantes —incluso si es solo entre quienes asisten a los servicios— y la emoción es equivalente al poder.

Por: Javier Corrales, profesor de Ciencias Políticas en Amherts College, es coautor, junto con Michael Penfold, de “Dragon in the Tropics: The Legacy of Hugo Chávez in Venezuela”, y es articulista regular del The New York Times en Español.
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                        Parece ideología, pero es religión

Igual lo has leído en las noticias, se lo has escuchado a los políticos o incluso lo has usado en alguna conversación sin saber muy bien qué significaba. Es el término “ideología de género” que nada tiene que ver con “estudios de género” o “teoría de género”. Se parecen, pero no. Pablo Casado lo ha resucitado en las últimas semanas en su campaña para las primarias del PP, como si fuera un monstruo al que abatir. Literalmente, dijo que era “un colectivismo social que el centro derecha tiene que combatir”. Lo hizo en una entrevista en esRadio, en el programa de Federico Jiménez Losantos.

Pero, ¿qué es la ideología de género de la que habla Pablo Casado? Resulta que el término tiene más que ver con la religión que con la teoría académica, aunque ha terminado siendo política. Se popularizó principalmente cuando el papa Benedicto XVI – Ratzinger- empezó a usarla para advertir de los “peligros” que podría traer el feminismo, especialmente contra la familia tradicional. En España, los sectores de derechas y ultracatólicos lo adoptaron para oponerse a la ampliación de la Ley del aborto, como recoge esta columna de 2009 de Concha Caballero:

La derecha social y eclesial ha acuñado un término con el que designan los males sociales actuales y que denominan “la peligrosa ideología de género” que está impregnando las leyes actuales. Los think tank del pensamiento ultraconservador elaboran documentos, libros y artículos con un argumento común, tan fácil de comprender como un cuento infantil: la familia tradicional es la fuente de toda felicidad y fuera de ella sólo hay soledad y conflicto social”.

“En el contexto de la política hacer alusiones a combatir la ideología de género hace mención a ir en contra de los avances en igualdad de los derechos de las mujeres que se han producido fundamentalmente en el siglo XX como el acceso a la educación, a la igualdad de derechos civiles, y de forma más específica contra los avances sociales y leyes relacionadas con la salud sexual y reproductiva de las mujeres, la lucha contra la violencia machista o los derechos del colectivo LGTBI”, explica Rosa San Segundo, catedrática y directora del Instituto de Estudios de Género de la Universidad Carlos III.

Los que hablan de la ideología de género suelen acompañarlo de palabras como “adoctrinamiento” “radical” y tildarla como “peligrosa”. También aseguran que existe una agenda perfectamente planificada para imponer sus planteamientos a través de leyes innecesarias y adoctrinar a los niños en las escuelas sin el consentimiento de sus padres.

“En el fondo, muestra mucho desconocimiento y es un mal uso de la palabra. Creo que es una confusión con un uso interesado porque todos tenemos ideología, está implícita en todo lo que hacemos. Siempre nos educan con una perspectiva ideológica. En este caso, usan ideología de género para hablar del pensamiento feminista y sus logros, como para desacreditarlo”, opina Asunción Bernárdez Rodal, directora del Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense. “Pero ellos también tienen ideología de género, todos la tenemos, solo que la de los sectores más religiosos es una ideología basada en la desigualdad de la mujer”.

La prueba de Google también lo demuestra: la búsqueda “ideología de género” remite a resultados de páginas como conelpapa.com o catholic.net. Cuando alguien utiliza este término está eligiendo de manera consciente la idea que quiere transmitir y dónde se sitúa respecto al mensaje feminista. Y es importante. Pero cada vez que resucita ese término, que vuelve a tomar fuerza en el debate público, también resucita un histórico cántico de las manifestaciones “fuera los rosarios de nuestros ovarios”.

Fonte: EL PAÍS
Por: Mari Luz Peinado
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