Atalhos para memória com uma pequena ajuda de amigos

Los humanos hemos utilizado este tipo de extensiones mentales desde siempre. La transmisión de información de mente a mente de forma oral era la norma mucho antes de que naciera la escritura. Somos animales sociales y formamos redes sociales desde mucho antes de que existieran las virtuales. Estamos acostumbrados a depender tanto unos de otros para guardar información como para todo lo demás. Así que recordar quién dijo qué o quién sabe qué resulta natural.

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Tim Enthoven

          Atajos para la memoria, con un poco de ayuda de tus amigos

A mi madre le gusta decir: “Siempre recuérdalo todo”.

Por supuesto, como ella sabe, es imposible, incluso con técnicas avanzadas de memoria. Por eso tomamos notas y usamos calendarios. Son componentes de nuestra memoria externa, que son parte de nuestra mente expandida.

El hecho de que tu mente no esté completamente confinada a tu cráneo puede ser una idea difícil de asimilar. En un trascendental artículo, los filósofos Andy Clark y David Chalmers defendieron la idea de que algunas funciones que logramos llevar a cabo con otros objetos deberían ser consideradas como equivalentes a los pensamientos que ocurren en nuestros cerebros. Utilizar lápiz y papel para ayudarnos a hacer un cálculo es un ejemplo. Mucha gente —me incluyo— manipulamos palabras en una página (o el equivalente digital) para dilucidar cómo pensamos un asunto o para darle forma a un argumento.

No existe ninguna diferencia entre el hecho de que los canales de comunicación entre el papel (o la pantalla) y el cerebro involucren la visión y el movimiento de los dedos en lugar de que solo se enciendan las neuronas, según defienden Clark y Chalmers. El resultado final es el mismo que si hubiéramos hecho todos los cálculos o escrito todo el ensayo tan solo en nuestra cabeza.

“Lo que importa no es dónde se codifica la información, ni en qué medio, sino los usos que puede tener en el momento”, dijo Clark. Trabajar en una computadora ofrece una analogía. “No importa en realidad si una porción de la información se guarda en tu disco duro o en la nube, siempre y cuando esté disponible cuando lo necesites”.

Esto nos conduce a la extensión de la memoria, que es más claro y simple. Para mejorar la memoria biológica, todo el mundo consulta materiales y fuentes externas. Tomamos fotografías –que después volvemos a ver— para tener recuerdos de las vacaciones, bodas y otros sucesos. Guardamos en la memoria lo que nos vamos a poner mañana cuando sacamos nuestra ropa la noche anterior. Hacemos listas para ir al supermercado.

Podrías decir que las cosas en las que esta información se guarda –esas fotografías, el lugar donde pusimos la ropa, un pedazo de papel— no se parecen a la mente. Quizá bajo ese fundamento te opones a decir que lo que nos transmiten sean “recuerdos”. Quizá solo las mentes pueden recordar cosas y el resto son simplemente apoyos para recordar.

Sin embargo, este argumento se desmorona cuando consideramos la gran cantidad de información que no guardamos en la cabeza pero que podemos recuperar fácil y confiablemente de otro lado. Por ejemplo, quizá no sabemos y nunca retendremos en la memoria todo el elenco de Game of Thrones, pero sabemos dónde podemos encontrarlo. No necesitamos encomendárselo a nuestra memoria (biológica) porque siempre podemos buscarlo.

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Cuando lo hacemos, no estamos utilizando la fuente de información para recordarnos lo que ya tenemos guardado en la memoria. La información no está ahí y quizá nunca lo esté. Aún así, como si lo estuviera, podemos rescatarla siempre que nos plazca por otros medios. Eso es la memoria extendida.

Estamos tan acostumbrados a depender de la memoria extendida en nuestros teléfonos inteligentes que guardamos menos en nuestra cabeza de lo que haríamos en otra circunstancia. Un estudio mostró que somos menos capaces de recordar información que creemos poder buscar en internet —y en lugar de eso recordamos mucho mejor cómo podemos encontrarlo en línea—.

Otro estudio descubrió que la gente que tomó fotografías de las pinturas en un museo fue menos capaz de recordar las obras y sus ubicaciones que aquellos que visitaron el museo sin sacar fotografías. Aquellos de nosotros que somos lo suficientemente viejos para recordar el mundo sin celulares inteligentes solíamos memorizar números telefónicos importantes. Pocos ahora lo hacemos o ni siquiera lo intentamos. Podríamos, pero ¿para qué molestarse?

Existe otro tipo de memoria extendida que es incluso más parecida a la mente. De manera rutinaria extendemos nuestra memoria al utilizar la de otras personas y la nuestra sirve como memoria extendida para otros. Cualquiera que tenga hijos está constantemente recordando cosas para ellos: a qué hora necesitan llegar al entrenamiento de fútbol, dónde es y qué necesitan llevar. Mis hijos ahora se saben el nombre de otros niños y de sus padres, y así constituyen una fuente a la que recurro con regularidad en reuniones sociales porque casi siempre olvido –o nunca me aprendo— sus nombres.

Poner atención a este tipo de memoria extendida tiene valor profesional. Hace algunos años, el exceso de trabajo comenzó a tener un efecto negativo en mi capacidad para recordar información importante. Utilizar algunos trucos mentales me ayudaba, pero de cualquier manera no podía estar al corriente.

Así que cambié de estrategia. Me di cuenta de que era redundante recordar algunas cosas que otros ya sabían, y me rendí. En lugar de eso, hice un esfuerzo en tener un registro de las áreas en las que mis colegas eran expertos. Si tenían la información guardada en sus mentes y si podía tener acceso a su conocimiento de manera sencilla –por ejemplo, con un correo electrónico breve o incluso un tuit— no había necesidad de que yo recordara esa información.

Por ejemplo, si requiero saber qué estudios sobre nutrición son confiables, puedo simplemente preguntarle a mi colega Aaron Carrol, quien acaba de escribir un libro sobre el tema.

Sin embargo, ¿qué pasa si me topo con otro colega que está utilizando la misma táctica y los dos pensamos que el otro es el que está guardando la información? Cuando presiento que ese puede ser el caso, pregunto: “¿Me toca acordarme de esto en tu lugar?”. Eso lo resuelve. De hecho, suelo finalizar muchas de mis reuniones o intercambios de correo electrónico laborales de esta manera. Una vez que un plan de acción o la solución a un problema se establece, me aseguro de que quede claro quién es responsable de que cierta información crucial no se pierda.

En casa, mi esposa y yo somos explícitos sobre quién es responsable del seguimiento de la diversidad de necesidades asociadas con las actividades escolares y extracurriculares de nuestros hijos. Lo que sea que esté en sus manos (es decir, en su cabeza), yo lo elimino de mi mente. Lo que sea que esté en la mía, ¡más me vale recordarlo!

Los humanos hemos utilizado este tipo de extensiones mentales desde siempre. La transmisión de información de mente a mente de forma oral era la norma mucho antes de que naciera la escritura. Somos animales sociales y formamos redes sociales desde mucho antes de que existieran las virtuales. Estamos acostumbrados a depender tanto unos de otros para guardar información como para todo lo demás. Así que recordar quién dijo qué o quién sabe qué resulta natural.

Aprovechar esto estratégicamente para guardar y recuperar de la mente de otras personas recuerdos no es un gran paso. Te libera de tratar de hacer lo que de todos modos no puedes: siempre recordarlo todo.

Fonte: New York Times
Por: Austin Frakt
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