Surpresa nos Estados Unidos: há uma forte onda de decência

Estaria terminando a Primavera da Extrema Direita —a primavera dos fascistas? — quando os supremacistas brancos e os antissemitas foram encorajados pela eleição de Donald Trump?

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Os Estados Unidos são um dos poucos lugares do mundo onde ser abertamente neonazista é amparado pela Constituição

                          El despertar de la fuerza… de la decencia

Una cosa curiosa está sucediendo en Estados Unidos: hay una poderosa oleada de decencia. Repentinamente, parece como si los peores carecieran de toda convicción, mientras que los mejores están llenos de una intensidad apasionada. Todavía no sabemos si esto se traducirá en algún cambio político, pero tal vez estemos en medio de un momento transformador.

Pueden ver el abrupto vuelco a la decencia en el ascenso del movimiento #MeToo (#YoTambién); en cuestión de meses, un terreno que parecía inamovible cambió y los depredadores sexuales poderosos comenzaron a enfrentar consecuencias que acabaron con sus carreras.

Lo pueden ver en las reacciones a la masacre de la escuela en Parkland, Florida. Al menos por ahora, ya no estamos viendo las reacciones habituales a los asesinatos en masa —un día o dos de encabezados, seguidos de una especie de encogimiento de hombros colectivo de la clase política y la vuelta a la obediencia normal a los cabilderos de las armas de fuego—. En cambio, la historia sigue viva en los noticieros y los vínculos con la Asociación Nacional de Rifle (NRA) están comenzando a verse como el veneno político y comercial que debieron haber sido desde siempre.

Diría que lo pueden ver en las urnas, donde los políticos de extrema derecha en distritos que por lo general eran republicanos siguen perdiendo gracias al activismo emergente de ciudadanos comunes.

Esto es algo que nadie, mucho menos los analistas políticos, habría esperado.

Después de la elección de 2016 muchos en los medios noticiosos parecieron adelantarse a dar por hecho de que el trumpismo representaba al verdadero Estados Unidos, aun cuando Hillary Clinton había ganado el voto popular y —dejando de lado la intervención rusa y la carta de Comey— seguramente también habría ganado el voto electoral, de no haber sido por el “gran menosprecio”: el tono burlón que adoptaron innumerables reporteros y críticos. Son cientos, sino es que miles, las historias de seguidores canosos de Trump en restaurantes, que supuestamente ejemplifican el desfase de nuestra élite cultural.

Ni las inmensas manifestaciones en contra de Trump justo después de su toma de protesta parecieron afectar la sabiduría convencional. Sin embargo, esos gorros rosas de orejas de gato pudieron haber representado el comienzo de un verdadero cambio social y político.

Los politólogos tienen un término y una teoría para lo que estamos viendo en relación con el movimiento #MeToo, las armas de fuego y quizá más: “Cambio de régimen en cascada”.

Así es como funcionan: cuando las personas consideran que el statu quo es inamovible, tienden a la pasividad, incluso si se sienten insatisfechas. De hecho, pueden no estar dispuestas a revelar su descontento ni a admitirlo plenamente para sí mismas. Sin embargo, una vez que otros se pronuncian de manera visible en contra de algo, los que no lo habían hecho adquieren mayor confianza en su descontento y están más dispuestos a hacer algo en conjunto —y sus acciones pueden inducir la misma respuesta en los demás, ocasionado una especie de reacción en cadena—.

Este efecto en cascada explica cómo es que pueden aparecer turbulencias políticas rápidamente, casi de la nada. Algunos ejemplos incluyen las revoluciones que se extendieron por Europa en 1848, el repentino colapso del comunismo en 1989 y la Primavera Árabe de 2011.

Ahora bien, nada dice que dicho efecto en cascada tenga que ser positivo, ni en sus motivaciones ni en sus resultados. El periodo de 2016 a 2017 claramente representó una especie de Primavera de la Extrema Derecha —¿la primavera de los fascistas? —, en la que no nada más la elección de Donald Trump envalentonó a los supremacistas blancos y antisemitas, sino también las evidencias de que había más gente de la que uno se hubiera imaginado que pensaba igual, tanto en Europa como en Estados Unidos. Mientras tanto, los historiadores habían descrito 1848 como un momento crucial en el que la historia de algún modo no había logrado propiciar un cambio: a fin de cuentas, los regímenes corruptos y arcaicos seguían de pie.

No obstante, me parece que la ola de indignación que se está gestando en Estados Unidos es tremendamente alentadora. Y sí, creo que es una sola ola. El movimiento #MeToo, la negativa a encogerse de hombros ante la masacre de Parkland, el nuevo activismo político de ciudadanos enfurecidos (muchos de ellos mujeres) que se deriva en general de una percepción común: a saber, que no solo se trata de la ideología, sino de que hay hombres que sencillamente son malas personas que tienen demasiado poder en sus manos.

Y la principal evidencia de esa hipótesis es, por supuesto, el tuitero jefe.

Al mismo tiempo, lo que me sorprende sobre la reacción a esta creciente respuesta negativa no es solo su vileza, sino su pobreza. La respuesta de Trump a Parkland —¡Vamos a armar a los maestros!— no solo fue estúpida, sino un intento cobarde de eludir el tema y me parece que mucha gente se dio cuenta de ello.

Igualmente, pensemos en el creciente salvajismo de los discursos de luminarias de extrema derecha como Wayne LaPierre de la NRA. En resumen, han abandonado el uso de ideas sustanciales para defender su postura recurriendo a diatribas sobre socialistas que tratan de arrebatarles su libertad. Es de dar miedo, pero también es una queja sin sentido; es como se oye alguien cuando sabe que no tiene la razón.

De nuevo: no hay garantía de que las fuerzas de la decencia ganarán. En específico, el sistema electoral estadounidense está, en efecto, manipulado para favorecer a los republicanos, así que los demócratas necesitan ganar el voto popular más o menos con siete puntos porcentuales más para recuperar la Cámara de Representantes. Sin embargo, estamos ante un verdadero levantamiento y sobran los motivos para esperar el cambio.

Fonte: The New York Times
Por: Paul Krugman
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Os EUA é uma anomalia: recorde de mortos para proteger o lucro da Associação Nacional do Rifle

A avalanche de mortes por violência armada faz dos Estados Unidos uma anomalia no mundo desenvolvido. Não há um número exato de quantas armas de fogo estão nas mãos de civis no país, mas a estimativa é de que existam cerca de nove armas para cada 10 cidadãos. É a maior proporção do planeta.

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   A epidemia de tiroteios faz dos EUA uma anomalia no mundo desenvolvido
O tiroteio em uma escola de ensino médio em Parkland, na Flórida, que matou pelo menos 17 pessoas, é o exemplo mais recente de uma série de números horripilantes. As estatísticas são um duro golpe de realismo por trás da epidemia de violência armada que sacode os Estados Unidos sem trégua.

Desde o começo de 2018, 1.816 pessoas morreram nos EUA devido à violência armada, de acordo com os dados mais recentes da organização Gun Violence Archive. Isso equivale a uma média de 40 mortes por dia.

Em apenas seis semanas, 3.125 pessoas foram feridas por tiros. Houve 30 tiroteios em massa, que recebem essa classificação quando há pelo menos quatro mortos. A organização não inclui pessoas mortas por suicídio em suas estatísticas. Dentro desses parâmetros, a entidade estima que 15.590 pessoas morreram por armas de fogo em 2017 no território da maior potência mundial. No Brasil, um dos países mais violentos do mundo, 44.861 pessoas morreram vítimas de armas de fogo em 2014, últimos dados disponíveis, ou 123 por dia.

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A avalanche de mortes por violência armada faz dos Estados Unidos uma anomalia no mundo desenvolvido. Não há um número exato de quantas armas de fogo estão nas mãos de civis no país, mas a estimativa é de que existam cerca de nove armas para cada 10 cidadãos. É a maior proporção do planeta. Segundo cálculos do Serviço de Pesquisa do Congresso, com base em um estudo de 2012, havia cerca de 310 milhões de armas em 2009. O país tem 321 milhões de habitantes.

A Constituição norte-americana ampara o uso das armas de fogo, que muitos consideram parte do DNA nacional. Seus defensores receiam qualquer mudança que dificulte sua comercialização, num sentimento que combina o medo do intervencionismo governamental e a crença de que as armas são necessárias para a defesa pessoal. O presidente Donald Trump e os republicanos apoiam essa posição. Cada matança acentua a discrepância em relação ao grupo que opina o contrário: que para conter a epidemia de violência é preciso limitar o acesso a pistolas e rifles.

O ritual se repete após cada massacre dos últimos anos. Inicialmente, impulsionado sobretudo por políticos democratas e organizações sociais, reabre-se o debate sobre um maior controle das armas de fogo. Mas rapidamente o debate perde força por causa da falta de consenso entre os legisladores, pois existe uma forte rejeição ao controle por parte de muitos políticos conservadores e do poderoso lobby da Associação Nacional do Rifle (NRA, na sigla em inglês).

A última mudança legal significativa em nível nacional foi em 2007, quando se ampliou a proibição da venda a pessoas com transtornos mentais e a delinquentes. As maiores restrições dos últimos anos foram impostas individualmente por alguns Estados.

Em um primeiro momento, a morte de 20 crianças e seis adultos numa escola de Connecticut, em 2012, parecia ser um ponto de inflexão. O então presidente Barack Obama, do Partido Democrata, propôs ampliar o controle de antecedentes policiais, proibir os rifles de assalto e limitar o volume de munição que podia ser vendida a cada pessoa. Mas não obteve os votos suficientes no Congresso.

Também a morte de 49 pessoas numa discoteca de Orlando, em 2016 – até então o pior massacre armado nos EUA – serviu para mudar o panorama. Naquela ocasião, quem empunhava um rifle semiautomático era um simpatizante jihadista. Ressurgiu o debate sobre a proibição da venda desses fuzis, que havia sido revogada em 2004, mas, superada a comoção, o impulso reformista se atenuou.

E tampouco a morte de 58 pessoas em outubro passado em Las Vegas, na pior chacina da história do país, alterou suficientemente as consciências dos legisladores nacionais. Um homem abriu fogo da janela de seu hotel contra o público de um festival de música country. Tinha 20 armas e modificara algumas delas para que os rifles semiautomáticos disparassem com a potência de um automático. Nos dias posteriores à matança, a cúpula republicana do Congresso e inclusive a NRA apoiaram que fosse dificultada a venda do artefato utilizado para modificar os rifles, mas o debate perdeu fôlego desde então.

Fonte: El País Br
Por: Joan Faus
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Médico é denunciado pelo filho por crimes da ditadura

“Há muito tempo eu desconfiava que meu pai tinha cometido crimes na ditadura militar. Nas conversas em casa, ele demonstrava conhecer detalhes demais dos crimes cometidos naquele período horrível. Mas quando eu perguntava por que ele sabia tanto, respondia que eram as enfermeiras que lhe contavam.”

MA 1Verna integra grupo que reúne 25 filhos de ex-repressores da ditadura | Foto: Arquivo pessoal

A luta de argentino para denunciar o próprio pai por crimes da ditadura

O advogado Pablo Verna, de 44 anos, fez um pedido ao Congresso Nacional do seu país, a Argentina: ele quer que a legislação em vigor, que impede familiares de denunciarem e prestarem depoimentos à Justiça contra seus parentes, seja modificada.

Seu objetivo é ter o direito de denunciar e depor contra o pai, que foi médico do Exército durante a ditadura argentina (1976-1983). Ele diz que Julio Alejandro Verna, hoje aos 70 anos, admitiu ter injetado sedativos em vítimas do regime militar antes que elas fossem lançadas dos chamados “voos da morte”, que arremessavam os prisioneiros ainda vivos em rios ou no mar.

O pai dele está livre. Questionado certa vez por uma repórter, o médico negou ter sedado desaparecidos políticos para esse fim. “Não, senhora. De onde tiraram isso?”

Pablo Verna integra o Histórias Desobedientes, grupo que reúne 25 filhos de ex-repressores da ditadura argentina. Leia seu depoimento à BBC Brasil:

“Há muito tempo eu desconfiava que meu pai tinha cometido crimes na ditadura militar. Nas conversas em casa, ele demonstrava conhecer detalhes demais dos crimes cometidos naquele período horrível. Mas quando eu perguntava por que ele sabia tanto, respondia que eram as enfermeiras que lhe contavam.

Meu pai era médico do Exército argentino. E com o passar dos anos, baseado no que ele mesmo me dizia, passei a questioná-lo com tom mais critico, e de acusação.

Nossa relação foi ficando cada vez mais tensa. Duas conversas foram aos gritos. Em 2009, eu já tinha certeza de que ele tinha participado dos crimes. Mas não sabia como. Não tinha os fatos concretos. Além disso, como filho, acho que queria manter a dúvida diante de algo tão pavoroso.

Então, em meados de 2013, em mais uma conversa tensa, ele admitiu que tinha cometido os crimes. Não lembro as palavras exatas que usei para que admitisse isso. Mas naquele encontro lembrei o que meu pai tinha contado a um familiar e as respostas anteriores que tinha me dado cada vez que abordei o assunto. Foi impossível para ele negar o que tinha feito. E até que me disse: ‘foi isso mesmo’.

Como médico, meu pai participava dos crimes da ditadura injetando sedativos nas pessoas que seriam jogadas vivas ao rio ou ao mar. Eram anestesias que as deixavam imediatamente paralisadas, mas respirando. E quando elas estavam assim, as jogavam dos ‘voos da morte’, como ficaram conhecidos.

Meu pai cometeu outros crimes. Ele também participava dos sequestros dos opositores, dos militantes sociais e políticos. Foram 30 mil desaparecidos no nosso país. A ditadura genocida sequestrava e fazia essas pessoas desaparecerem.

MA 2Mães da Praça de Maio foram a primeira organização civil que denunciou o desaparecimento de jovens durante o regime militar na Argentina | Foto: Daniel Garcia

Depois daquela conversa em meados de 2013, ele disse a um familiar que não estava arrependido. E ainda acrescentou que tinha participado de um caso específico que teve muita repercussão aqui na Argentina.

Em 1979, quatro pessoas foram sequestradas e também receberam as injeções de anestesia. Elas foram jogadas em um riacho, uma simulação de um acidente de carro em uma ponte. As quatro morreram.

Como médico militar, meu pai estava sempre armado. Isso até passar para a reserva, em 1983, com o retorno da democracia no país. E além desses crimes genocidas, certa vez ele apareceu em casa com uma maleta de primeiros-socorros de médico que não era dele. Que era de uma das vítimas da ditadura. Eu perguntei porque estava com duas maletas, e me respondeu que tinha sido um presente. Que uma das maletas tinha sido de um subversivo.

Na minha casa, as palavras que ele usava eram chamativas, como ‘subversivo’. Eram palavras de um genocida. Era um discurso ideológico para eliminar os que eram opositores ao regime militar. Uma vez, disse que os opositores eram mortos porque, quando eram presos e soltos, ficavam ainda piores.

A nossa relação foi rompida naquela conversa em meados de 2013, quando meu pai admitiu os crimes. Mas no dia seguinte ele me ligou para saber se eu tinha contado para minha mulher. Depois disso, ficamos sem nos falar até pouco tempo – dias atrás, ele me telefonou para, ao meu ver, fazer ameaças. Também faz isso por meio de conversas com parentes, cujos relatos chegam até mim.

Eu me afastei de muitos familiares. Primeiro, para evitar encontrá-lo, e ainda porque uma parte da minha família se recusa a saber, nega o que ocorreu. Acha que isso é um problema entre duas pessoas – no caso meu pai e eu. Mas isso não é um simples problema entre duas pessoas, é entre ele e a humanidade, na qual eles, os familiares, estão incluídos.

MA 3Pai de Pablo Verna (foto) admitiu, segundo ele, ter injetado sedativos nas vítimas da ditadura | Foto: Arquivo pessoal

Hoje meu pai está livre, mas é investigado porque o denunciei na Secretaria de Direitos Humanos poucos meses depois daquela nossa conversa. Agora o caso dele faz parte de uma imensa apuração, levada adiante pelos defensores das vítimas na que ficou conhecida como ‘megacausa contraofensiva’, pela repressão e extermínio ocorridos no Campo de Mayo nos anos 1970 e 1980. O local foi um centro clandestino de prisão e extermínio horrível no nosso país.

Essa casa deixou poucos sobreviventes e provas. Meu problema hoje, como filho, é que, apesar de ter essas certezas contra meu pai, encontrei barreiras na legislação que me impedem de denunciá-lo penalmente. No Código de Processo Penal da Argentina, existem dois artigos que proíbem que familiares denunciem e deem depoimento, já no processo, contra outros familiares.

Ou seja, não podem ser testemunhas contra outros familiares. Por isso, entramos com esse projeto de lei pedindo que essas proibições não sejam aplicadas para os casos de crimes contra a humanidade. E assim nós, filhos de repressores, poderemos denunciar nossos pais judicialmente, além de prestar depoimento contra eles nos julgamentos.

Nós do coletivo Historias Desobedientes, que somos filhos e filhas de genocidas, vivemos nas nossas casas, com nossos pais, a imposição de um mandato de silêncio, de maneira implícita ou explicita.

Os genocidas fizeram um pacto de silêncio que cumprem até hoje. Eles não revelam o que fizeram e o que os outros militares fizeram. Mas depois de muitos anos, e de conscientização do que aconteceu, e da nossa própria ética, decidimos levar as acusações adiante. Mas aí nos deparamos com esses artigos da legislação argentina.

Apresentamos esse projeto de lei no dia 7 de novembro na mesa de entrada da Câmara dos Deputados. No nosso grupo, alguns já têm os pais mortos, outros condenados e outros, impunes.

No meu caso, espero que meu pai seja investigado. E que ele e os outros genocidas reflitam e tenham alguma dignidade em seus últimos anos de vida. Que deem um pouco de paz a tantos familiares que não sabem qual foi o destino de seus parentes desaparecidos. E paz até para eles, genocidas. Porque eles também devem viver um inferno em suas mentes e corações.
Nós, como coletivo, sabemos que nossa iniciativa, com esse projeto de lei, pode ajudar no contexto das investigações. Coisas que ouvimos nas nossas casas podem aportar no contexto em que os crimes foram cometidos. Inclusive os casos de roubo que as vítimas da ditadura sofreram.

Nossa iniciativa não dará resposta a tudo. Mas pode contribuir para acabar com a impunidade mantida pelos genocidas.”

Fonte: BBC Brasil
Por: Marcia Carmo
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Fátima Oliveira, nosso anjo se foi; que o seu espírito guerreiro permaneça entre nós

Há homens que lutam um dia e são bons, há outros que lutam um ano e são melhores, há os que lutam muitos anos e são muito bons. Mas há os que lutam toda a vida e estes são imprescindíveis. Bertold Brecht (1898-1956), dramaturgo e poeta alemão, voz dos oprimidos do mundo

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Fátima Oliveira sempre foi imprescindível.

Médica, feminista e escritora. Negra e nordestina. Cabelinho nas ventas. Não mandava recado, falava na lata. Revolucionária.

Na manhã de 5 de novembro de 2017, aos 63 anos, ela “se encantou”, como diria o grande escritor Guimarães Rosa.

Foi no Hospital das Clínicas da Faculdade de Medicina da Universidade Federal de Minas Gerais, onde estava internada há cerca de um mês.

Ironicamente no mesmo HC onde foi médica muito querida por 30 anos e se aposentou em março de 2014.

Fátima já está fazendo falta. E vai fazer muito mais.

A médica e feminista Ana Maria Costa, que presidiu o Centro Brasileiro de Estudos em Saúde (Cebes), me avisou pelo zap:

–Acabo de saber da morte de Fátima Oliveira! Muito triste!”

— O quê???!!!!

— Como, doutora?!

— De câncer.

–Onde?

A gente se conheceu em 2009.

Fátima já tinha uma coluna semanal em O TEMPO, que saía às terças-feiras.

De vez em quando a reproduzíamos no Viomundo. Depois, quase toda semana.

Fátima reunia condições difíceis de serem vistas juntas num mesmo profissional: competente, atualizada, ética, corajosa, sem papas na língua, retidão ímpar.

Em se tratando de direitos sexuais e direitos reprodutivos, saúde integral das mulheres, saúde da população negra e SUS, Fátima era fonte fundamental.

Entrevistei-a para muitas reportagens nessas áreas.

Algumas vezes, eu, como repórter, buscava a sua ajuda. Outras, ela, antenadíssima, me alertava sobre temas. Ficava feliz, quando percebia que tinha colocado pilha, para eu ir atrás de algum tema mais cabeludo.

Em março de 2014, após morar décadas em Belo Horizonte, ela retornou ao seu querido Maranhão.

Em agosto deste ano, em resposta a um e-mail meu, querendo saber dela, veio a esta carinhosa resposta:

Oi, Conceição!

Quantas saudades de você!

Como vai? E como vai o Azenha?

Há momentos, a maioria deles, que penso estar em outro país!

É tudo muito surreal…

Digo sempre: ainda bem que tenho meus cactos e Clarinha Kkkkk

Morar no Maranhão tem sido um alento porque vivemos sob a égide de um governo humanista e ganhamos as eleições nas quatro cidades da Ilha de São Luís. Falando sério!

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Na sequência, me mandou uma foto da neta Clarinha.

Nas duas últimas semanas tudo isso veio à cabeça.

Revi nossos e-mails, nossas reportagens, entre elas as muitas sobre a MP 557, de 26 de dezembro de 2011, a famigerada MP do Nascituro, contra a qual Fátima, movimentos e entidades de saúde da mulher e saúde coletiva lutaram bravamente, denunciando o absurdo. O Viomundo e esta repórter se orgulham muito de terem remado contra a maré e lhes dado voz.

É difícil acreditar que ela partiu.

Foi ao remexer essas lembranças que me veio a ideia de, a exemplo do que fizemos em várias reportagens, nos juntarmos mais uma vez. Só que, agora, para homenagear Fátima.

Por e-mail, perguntei a vários participantes de alguma dessas matérias — a maioria conheci através de Fátima — se queriam dar uma declaração sobre o ser humano que cada um conheceu.

Resultado, de coração: depoimentos singelos, despretensiosos, pequenos fragmentos do gigante mosaico chamado Fátima Oliveira.

MARGARETH ARILHA: “OBRIGADA PELA LUZ QUE TRANSMITIU”

E porque a vida é assim, me arrepiei ontem a noite quando li o teu convite, Conceição!

Explico. Acabava de sair de uma tarde maravilhosa, na casa de Elza Berquó, onde recordamos com muita alegria e tristeza, o momento que tivemos juntas nós duas, e mais Fátima, Sonia , Tania Lago, Valeria e Jacqueline Pitanguy, em fevereiro de 2016.

Nos recordamos de como ela estava feliz, e de como havia chegado trazendo um pequeno cacto de presente para a dona da casa, dizendo, eu trouxe para você, não se preocupe, ele não precisa de muita água. Ele ficou plantado num vasinho pequeno de porcelana, e ontem veio iluminar aquela mesma mesa.

Juntas, colocamos as mãos sobre ele, abraçamos a Fátima, que permaneceu ali, toda a tarde conosco.

Eu a conheci no Cebrap [Centro Brasileiro de Análise e Planejamento], e lá conversamos muito, muito, muito, rimos, rimos, rimos muito, choramos muito.

Durante anos. Tivemos medos e sonhos. Mas nunca esse pesadelo: o de sua partida tão fora de hora. Esbanjando saúde, sua lucidez parecia atirá-la para uma vida quase sem fim.

Afinal, parecia sempre estar carregada com tanta imaginação, palavras e lucidez, temas para debater, raivas pra curtir e lamentar, e prazeres para compartilhar, que ela e sua vida pareciam intermináveis.

Sempre dividia conhecimento e sabedoria. Falávamos das crias, do meu e do seu Gabriel, perguntava da Marina, falava dos filhos e mais recentemente da Débora. A presença instigante nas reuniões, e a luta sempre presente para tocar os plantões no hospital e seguir militando.

Sempre se fazia presente em todos os debates da Comissão de Cidadania e Reprodução (CCR), sempre compreendeu sua natureza e missão, e participou com seu pensamento continuo e agitado.

Da professora Elza, era assim que a chamava, sempre falava com admiração, e apreciava imensamente a confiança por ter colaborado com o Programa de Bolsistas Negras do Cebrap, altamente inovador.

Ironicamente, as últimas imagens de seu twitter vinham sendo os cactos, pássaros e a casa no sertão.

Ironicamente, sua penúltima foto é com Fernando Pacheco Jordão [falecido em 14 de setembro de 2017], também membro da CCR, e falando da Democracia.

Ironicamente não tive tempo de dizer a você, Fátima, que o Maranhão, suas belezas e agrestes agruras são agora o centro da vida de minha filha.

Você gostaria de saber. Obrigada por tudo o que nos ensinou, e pela luz que transmitiu.

Margareth Arilha é psicanalista e pesquisadora da Universidade Estadual de Campinas (Unicamp). Desde os anos 1980 dedica-se a questões de gênero, saúde reprodutiva e políticas públicas.

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Tanto Margareth (depoimento acima) quanto Sonia Corrêa (abaixo) resgatam o último encontro com Fátima. Foi, em 26 de fevereiro de 2016, na casa da professora Elza Berquó, que fundou e dirigiu o consagrado Núcleo de Estudos da População, da Universidade Estadual de Campinas (Nepo/Unicamp). Da esquerda para direita: Margareth Arilha, Valéria Pandjiarjian, Elza Berquó, Jacqueline Piranguy, Sonia Correa e Fátima Oliveira

SONIA CORRÊA: “UM TEMPO PARA O LUTO; AXÉ, FÁTIMA!”

Primeiro, soube que alguma coisa tinha acontecido com a feminista negra Fátima de Oliveira, com quem compartilhei momentos fáceis e difíceis, travessias tensas, mas também passagens muito prazerosas no curso de incessantes lides em torno da saúde e dos direitos das mulheres que transcorreram ao longo dos últimos quase trinta anos.

Um pouco mais tarde soube que ela havia partido.

Conheci Fátima nos início dos anos 1990, quando ela passou a integrar a Comissão de Cidadania e Reprodução.

Olhando suas fotos hoje, nas notas que circulavam sobre sua partida prematura, lembrei de muitos de nossos momentos juntas. Visualizei espaços, climas, conversas, expressões faciais.

Um desses momentos aconteceu, possivelmente, em 1998, num encontro anual da Rede Feminista de Saúde e Direitos Sexuais e Reprodutivos em Caxambu.

Era uma noite gélida. Sentadas num canto protegido do bar à beira da piscina, já meio bêbadas, tivemos um longo embate. Fátima havia aplicado para uma bolsa individual da Fundação Mac Arthur e dizia, obsessivamente, que não ia nunca ser selecionada pois era comunista.

Eu, de meu lado, dizia, obsessivamente, que ela estava enganada. Como o impasse não tinha solução, encerramos a conversa apostando uma garrafa de uísque 12 anos.

Eu ganhei. Bebemos quase metade da garrafa alguns meses depois para comemorar.

Mas também me voltaram imagens da última vez em que a vi, no início de 2016, num almoço com Margareth Arilha, Jacqueline Pitanguy, Tania Lago e Valéria Pandjiarjian na casa de Elza Berquó.

Nesse dia, ela estava alegre e cheia de energia. Falou das plantas do seu jardim, das frutas do seu pomar, da vida quase rural que havia escolhido. Falou de seus filhos e filhas e netos, das amizades e inevitavelmente das políticas, a com “P” mas também as políticas em que estivemos juntas metidas por tanto tempo.

Como podíamos imaginar que ela ia partir?

Segunda feira, frente à tela, eu lia as notas de lamento, olhava fotos de Fátima e buscava mais notícias, circulando as que ia encontrando, mandando mensagens para saber mais.

Tudo muito rapidamente, pois tinha que seguir adiante, pois há sempre muito mais a fazer.

Até que, de repente, me dei conta de que essa brutal aceleração já não deixa espaço nem mesmo para o luto. Parei, me aquietei, senti o vazio. Fui atirada ao lugar da nossa precariedade comum.

Essa nota foi escrita para não evadir esse abismo, como um gesto encantatório que traz Fátima um pouco de volta, mas também como uma tentativa de romper a jaula da compressão temporal a que estamos hoje sujeitas.

Axé, Fátima.

Sonia Corrêa é pesquisadora associada da Associação Brasileira Interdisciplinar de Aids (Abia) e co-coordenadora do Observatório de Sexualidade e Política/Sexuality Policy Watch

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ALAERTE MERTINS: “MULHER DE FIBRA, FORTE”

Com certeza, esta é uma merecidissíma homenagem!

Mas, sinceramenre, não consigo escrever nem dois parágrafos, pois fiquei sem palavras, surpresa, desde que soube do passamento.

Se você me conheceu, assim como outras pessoas neste país e fora dele, foi graças à persistência da Fátima na luta pela saúde das mulheres, especialmente a redução da morte materna, e das mulheres negras, tema que insistentemente ela me pedia para escrever.

Guardarei sempre a lembrança da mulher de fibra, forte. Segue aí a foto de nosso último encontro, na República Dominicana, em 2015.

Alaerte Leandro Martins é enfermeira obstétrica e doutora em Saúde Pública. Incentivada por Fátima, pesquisou para sua tese mestrado “Mulheres negras e mortalidade materna no estado do Paraná”. Depois, no doutorado, gestantes negras que não foram a óbito, mas que ficaram com graves sequelas

BEATRIZ GALLI: SEUS OLHOS DE ÁGUIA SEMPRE VIAM DE LONGE”

Fátima era uma mulher negra, guerreira e intensa.

Era incansável na luta pelos direitos sexuais e reprodutivos das mulheres e nunca deixava de pontuar o que poderia ser uma ameaça de retrocesso no nosso campo de luta.

Seus olhos de águia sempre viam de longe, com clareza.

Ela sempre esteve muito atenta e por muitas vezes lia nas entrelinhas o que de fato estava acontecendo.

Eu tive a oportunidade de conhecê-la, em 2004, em uma reunião das Jornadas pelo Direito ao Aborto Legal e Seguro.

Desde então, sempre esteve presente nas reações rápidas em análises afiadas sobre o contexto político nacional. Mesmo de longe, ela continuava presente.

Fátima, que falta você está nos fazendo!

Beatriz Galli é advogada e assessora de políticas para a América Latina do Ipas.

ANA MARIA COSTA: ‘LACUNA NA ESQUERDA E NO FEMINISMO POLITIZADO”

Fátima Oliveira foi mulher admiravelmente múltipla: militante, médica, mãe, escritora, formuladora e muito mais!

Sua partida deixa uma lacuna na esquerda e no feminismo politizado que luta por direitos e políticas universais.

Meu enorme respeito pela Fátima!

Ana Maria Costa é médica, professora e diretora do Cebes, que já presidiu.

Através do Viomundo, muitos leitores se encantaram com a Fátima. Acabaram se tornando muito próximos, amigos, mesmo, como Telmo Kiguel e Gerson Carneiro.

A convite nosso, eles também fizeram as suas homenagens.

TELMO KIGUEL: EM COMUM, A MEDICINA, AS DISCRIMINAÇÕES E A POLÍTICA

Conheci a Fátima há poucos anos no Viomundo e solicitei à Conceição o seu email. A partir daí, passamos a nos corresponder e acabei publicando aqui, em Porto Alegre, três textos seus: Médico branco racista e médica negra discriminada; Médica diz: o Conselho Federal de Medicina não me representa; E a médica não se corrompeu.

A partir daí, descobrimos vários interesses em comum e parecia que nos conhecíamos há muito tempo. E tudo isso só pela internet.

Finalmente veio a POA e tive a oportunidade de conhecê-la pessoalmente e a família. A impressão de “velhos amigos” foi confirmada. Um dia só foi muito pouco para o que tínhamos em comum: a medicina, as discriminações, a política, etc. Acabamos o dia numa floricultura em que ela me deu uma aula sobre uma de suas muitas paixões, os cactos.

Ao saber de sua morte, não descansei enquanto não falei com sua filha Débora para saber o que tinha ocorrido. Muito triste. Muita saudade.

Telmo Kiguel é médico psiquiatra e responsável pelo blog Saúde Publica(da) ou não, no portal Sul21

LUANA TOLENTINO: FÁTIMA ME ESTENDEU A MÃO

Fátima Oliveira parte, mas entre nós fica o legado de uma mulher que lutou de maneira incansável pelo SUS e pelas mulheres negras desse país. Como um mantra, guardo uma frase dita por ela: “A superação do racismo no Brasil exige uma faxina moral”. Guardo também a mais profunda gratidão. Fátima me estendeu as mãos no momento mais doloroso da minha vida. Fátima será sempre nossa grande Mestra!

Luana Tolentino é professora e historiadora; ativista dos movimentos Negro e Feminista.

GERSON CARNEIRO: TIVE A SATISFAÇÃO DE SER CORRIGIDO PELA FÁTIMA; CONHECI UM ANJO

“Nós nos conhecemos através do Viomundo por volta do ano de 2009.

Eu comentava os textos dela. Passamos a compartilhar mensagens no twitter e logo estávamos trocando mensagens privadas, onde falávamos sobre nossas observações do mundo e também dávamos gargalhadas. Sim, ela tinha um humor fino, inteligentíssimo.

Fazia bem ter a companhia dela, saber que ela gostava das minhas tiradas no twitter, gostava dos meus textos.

Ela era muito poética. Adorava cactos. Postou no twitter muitas fotos belíssimas de cactos. A admiração pelos cactos era um dos pontos de ligação entre mim e ela.

Em uma tarde de 2011, no começo do julgamento do mensalão, eu ainda estava dando expediente no trabalho e, de soslaio, acompanhei as pessoas, ela inclusive, comentando o início do julgamento.

Em um das oportunidades comentei:

— Se eu não tivesse nada pra fazer eu também iria acompanhar o julgamento do mensalão.

Ela soltou uma gostosa gargalhada:

— Kkkkkkkk… Deixe de ser invejoso.

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Cirúrgica, a Dra. Fátima acertou. Era só inveja mesmo.

Em outra oportunidade, ela disse, em público, que uma fala minha no twitter era machista. Tentei justificar. Ela rebateu: “É machista. Apague, senão lamentavelmente vou ter que deixar de seguir o amigo”.

Diante de tal aviso, na hora, claro, me curvei na hora. E tive grande satisfação de ser corrigido por ela. Um enorme prazer.

Há um ano deixei essa foto do Frido na caixa postal dela no twitter.

E mais uma vez fui presenteado com a sua gostosa gargalhada. Foi nossa última troca de mensagem.

Realmente, conheci um anjo.

— Por que anjo? –, alguns talvez questionem.

Por causa da autoridade dela advinda da retidão em que trilhou. Só tem verdadeira autoridade quem tem retidão de caráter.

E por isso ela tinha autoridade para com seus conhecimentos nos proteger na labuta em favor das causas que acreditamos e defendemos.

De longe e, ao mesmo tempo, tão perto, nos proporcionava acolhimento nas batalhas. Sua repentina partida deixou uma imensa lacuna. Sentiremos nesse tempo sombrio o qual estamos passando.

É como a ” Estrela”, de Gilberto Gil:

“Há de surgir

Uma estrela no céu

Cada vez que você sorrir

Há de apagar

Uma estrela no céu

Cada vez que você chorar

O contrário também

Bem que pode acontecer

De uma estrela brilhar

Quando a lágrima cair

Ou então

De uma estrela cadente se jogar

Só pra ver

A flor do seu sorriso se abrir

Hum!

Deus fará

Absurdos

Contanto que a vida

Seja assim

Sim

Um altar

Onde a gente celebre

Tudo o que Ele consentir”

Estrela – Gilberto Gil

Gerson Carneiro é frequentador assíduo das redes sociais.

Curiosamente, até no seu “encantamento” Fátima Oliveira nos juntou, obrigando-nos a refletir sobre lutas passadas.

Mas também sobre o aqui e agora: só juntos teremos condições de enfrentar e buscar as saídas para a destruição do SUS, dos direitos sexuais e reprodutivos das mulheres brasileiras.

Fátima Oliveira, presente!

Fonte: Viomundo
Por: Conceição Lemes

Algumas questões que você deveria saber como seu médico pensa

Médicos têm um novo juramento

A Associação Médica Mundial reviu a declaração de Genebra, o juramento moderno dos médicos. Pela primeira vez, consagra o respeito pela autonomia do doente. Abrirá caminho em questões fraturantes como a eutanásia? O bastonário dos Médicos tem dúvidas. «Respeitar é diferente de fazer». João Semedo, um dos rostos do movimento pela despenalização, fala de um contributo inegável: «Ninguém poderá voltar a usar o fantasma de Hipócrates»

juramento

É um momento simbólico, o final da condição de alunos e o início do exercício da medicina em autonomia, com tudo o que traz de entusiasmo, missão e responsabilidade. No ano em que terminam o curso, os jovens médicos de vários países mantêm a tradição de um juramento, que evoca um código de ética – o mais antigo de que há registos – atribuído ao pai da medicina, Hipócrates. Desde o final dos anos 40 do século passado, o texto usado em muitos países passou a ser a Declaração de Genebra, ratificada pela Associação Médica Mundial (WMA na sigla em inglês), e em alguns locais os médicos deixaram de jurar por Apolo, Esculápio, Higia e todos os deuses do tempo do médico grego. Não é diferente em Portugal, mas este ano o texto sofreu algumas mudanças. E há quem acredite que podem fazer a diferença.

A sexta revisão da declaração de Genebra aprovada pela Associação Médica Mundial foi anunciada no dia 14. Segundo a organização, o texto passa a refletir as alterações das últimas décadas na relação entre os médicos e os seus doentes mas também entre os próprios clínicos, impondo uma relação de partilha de informação e reciprocidade. Por exemplo, até aqui os jovens médicos deviam gratidão aos seus mestres e agora todos devem gratidão e respeito uns aos outros, professores, colegas e alunos. Há também uma preocupação inédita com o burnout – surge a ideia de que os médicos têm de cuidar de si, para prestarem cuidados de maior qualidade. Em Portugal, é um tema caro que tem estado a ser estudado pela Ordem: metade dos médicos apresentam sinais de exaustão.

Ainda assim, é no quarto compromisso da declaração que há quem veja uma mudança de fundo. Pela primeira vez, assinalou a WMA, há uma referência ao respeito pela autonomia do doente, o que nunca tinha acontecido. «Respeitarei a autonomia e a dignidade do meu doente», lê-se, sem que a associação adiante consequências. Será um novo caminho em temas fraturantes como a eutanásia ou o suicídio assistido? Em Portugal, o movimento cívico que pede a despenalização da morte assistida não tem dúvidas e destacou a alteração no seu site.

João Semedo, ex-deputado bloquista e um dos rostos do manifesto que levou o tema ao parlamento em 2016, fala de uma mudança histórica. «Não é possível desvalorizar o significado e o impacto destas alterações. A sua importância resulta do sistemático recurso ao juramento de Hipócrates por parte dos que se opõem à morte assistida, na base de que aquele juramento impedia os médicos de praticar a morte assistida porque valorizava a vida em absoluto e não falava sequer na autonomia do doente, que teria assim um valor relativo e não absoluto», diz ao b,i. o médico, recordando que a versão de 1983 estabelecia, por exemplo, que os médicos deviam guardar respeito absoluto pela vida humana desde o seu início, mesmo sob ameaça, e não fariam uso dos seus conhecimentos médicos contra as leis da humanidade. «Pela primeira vez a autonomia do doente é um valor a respeitar em absoluto pelo médico, a dignidade do doente é valorizada como até agora não era e a vida humana justifica o máximo respeito mas sem absolutismos interpretativos», diz Semedo.

O bastonário dos Médicos reconhece os passos dados na nova declaração: aliás, uma das propostas que tenciona fazer aos diferentes conselhos regionais da Ordem é que este ano o juramento dos médicos seja feito sob este texto. «Nem sempre são usados os mesmos textos nas cerimónias de juramento que acontecem em Coimbra, Lisboa, Braga e Porto», explica Miguel Guimarães. Quanto ao alcance das alterações no diz respeito ao reconhecimento da autonomia do doente, o médico sublinha que esse respeito estava há muito inerente à profissão e mesmo no juramento, quando impunha o respeito por todos, sem discriminação. E o bastonário não acredita que venha a concretizar-se num maior apoio dos médicos à despenalização da morte assistida ou à sua participação na eutanásia. «Penso que a maioria dos médicos não está de acordo e respeitar não significa fazer», sublinha Miguel Guimarães, explicando que noutros casos em que hoje é invocada a objeção de consciência, como na interrupção da gravidez, os médicos têm o dever de respeitar a legislação e encaminhar os utentes. Guimarães dá um exemplo concreto: «Da mesma forma que se um doente quiser ser operado porque entende que deve ser operado, o médico não é obrigado a fazê-lo».

Num cenário de despenalização da morte assistida no país, Miguel Guimarães sublinha que a sua posição será manter o atual código deontológico dos médicos que determina que o médico deve respeitar a dignidade do doente no fim de vida, mas é-lhe «vedada a ajuda ao suicídio, a eutanásia e a distanásia [a prática de prolongar a vida através de meios artificiais e desproporcionais aos ganhos]». O atual regulamento de deontologia médica foi publicado em Diário da República em julho do ano passado, mantendo estes princípios, depois de ter sido estruturado por um grupo de trabalho que envolveu médicos de todo o país. «O que faremos caso a morte assistida seja despenalizada é determinar que os médicos que o façam ao abrigo da legislação do país não serão penalizados disciplinarmente», diz Miguel Guimarães, assegurando desde já que teria de ser preservado o direito à objeção de consciência, o que aliás está previsto no código deontológico da classe. No regulamento, lê-se que o médico tem o direito de recusar práticas que entrem em conflito com a sua consciência, ofendendo os seus princípios éticos, morais, religiosos, filosóficos, ideológicos ou humanitários.

Nisso, João Semedo concorda, mesmo à luz do que diz a declaração de Genebra. E recorda que no caso da interrupção da gravidez, a lei prevê esse direito. «Pode e deve manter-se o direito à objeção de consciência. É um direito que só não é válido se contrariar as leis do país, o que não seria o caso dado que a própria lei o prevê». E embora também não anteveja um impacto significativo no debate da despenalização da morte assistida, acredita que o impacto simbólico da nova declaração é inegável. «Ninguém poderá voltar a usar o fantasma do Hipócrates», diz. Este ano, são cerca de 1500 jovens médicos a fazer o seu juramento em Portugal. A primeira cerimónia será em Coimbra, no dia 18 de novembro. Segue-se Lisboa, no dia 22 de novembro, Braga a 26 de novembro e Porto, a 10 de dezembro. O bastonário ainda pensou juntar todos os médicos num só sítio, mas a logística seria difícil. O impacto coletivo seria maior. No ano passado, em Lisboa, o juramento encheu a Aula Magna, numa festa com tunas, discursos e a distinção dos melhores alunos. Mas o momento arrepiante é quando as luzes baixam e os médicos repetem em uníssono as palavras do juramento que esperam concretizar.

A nova Declaração de Genebra

Como membro da profissão médica:
– Prometo solenemente consagrar a minha vida ao serviço da humanidade;
– A saúde e o bem-estar do meu doente serão as minhas primeiras preocupações;
– Respeitarei a autonomia e a dignidade do meu doente;
– Guardarei o máximo respeito pela vida humana;
– Não permitirei que considerações sobre idade, doença ou deficiência, crença religiosa, origem étnica, sexo, nacionalidade, filiação política, raça, orientação sexual, estatuto social ou qualquer outro fator se interponham entre o meu dever e o meu doente;
– Respeitarei os segredos que me forem confiados, mesmo após a morte do doente;
– Exercerei a minha profissão com consciência e dignidade e de acordo com as boas práticas médicas;
– Fomentarei a honra e as nobres tradições da profissão médica;
– Guardarei respeito e gratidão aos meus mestres, colegas e alunos pelo que lhes é devido;
– Partilharei os meus conhecimentos médicos em benefício dos doentes e da melhoria dos cuidados de saúde;
– Cuidarei da minha saúde, bem-estar e capacidades para prestar cuidados da maior qualidade;
– Não usarei os meus conhecimentos médicos para violar direitos humanos e liberdades civis, mesmo sob ameaça;

Faço estas promessas solenemente, livremente e sob palavra de honra.
Fonte: Jornal Sol Sapo Pt
Por: Marta F. Reis
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Morrendo como objeto

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Somos seres que morrem, isso não podemos evitar. Somos seres que perdem aqueles que amam, e isso também não podemos evitar. Mas há algo aterrador que persiste, e isso podemos evitar. E, mais do que evitar, combater. É preciso que os mortos por causas não violentas cessem de morrer violentamente dentro dos hospitais.

Aqueles que amamos se tornam vítimas de violência no espaço onde deveria existir cuidado. E nós, que os perdemos, também nos tornamos vítimas. Quando tudo acaba, não somos apenas pessoas que precisam elaborar o luto de algo doloroso, mas natural. O sistema médico-hospitalar faz de nós violentados. Não há apenas luto, mas trauma. E é preciso que comecem a responder por isso – ou a rotina de violências não cessará.

Escrevo sobre o morrer e sobre a necessidade de recusar a “obstinação terapêutica” há quase dez anos. Em 2008, acompanhei o cotidiano de uma enfermaria de cuidados paliativos por quatro meses, para contar da morte com dignidade, a partir da ideia de que quando não se pode curar, ainda se pode cuidar. Neste percurso, testemunhei o morrer de várias pessoas, cada uma à sua maneira, vivendo até o fim a sua singularidade. A morte como parte da vida, não como seu contrário.

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Morrer com dignidade é morrer da forma que se escolheu morrer quando o fim se tornou inevitável. É escolher até onde os médicos podem ir na tentativa de prolongar uma vida que já não é vida, é escolher se quer morrer numa cama de hospital ou em casa, é escolher na companhia de quem se quer estar quando chegar a hora de partir.

Como a maioria de nós não sabe o que vai provocar sua morte, nem quando, existe um instrumento chamado de “Diretiva Antecipada de Vontade (DAV)”. Particularmente, prefiro outro nome, “Testamento Vital”, porque é de vida que se trata. Mas apesar do nome burocrático, hermético para a maioria, este documento pode ser até mesmo escrito a mão. Nele, determinamos previamente nosso desejo, assim como os limites à equipe de saúde que nos atenderá, caso não estejamos em condições de expressar nossas escolhas quando o fim chegar. Caberá a nossos familiares levar esse documento à equipe de saúde e garantir que essa vontade seja cumprida. Ou, se nenhuma vontade foi expressa, escolher o que nos cabe quando já não for possível evitar a morte. Porque são eles que nos conhecem melhor – e porque possivelmente nos amam.

É preciso lembrar que o fim de uma vida é ainda vida – e não morte. Para respeitar a vida, é preciso respeitar aquele que vive. Só há respeito quando há reconhecimento de que ali há um sujeito. No momento em que o corpo se torna objeto, o sujeito é sujeitado. E o que é apresentado como cuidado vira tortura.

Comprovei da forma mais dura que, com exceção de alguns pequenos enclaves de resistência, morrer com dignidade é uma ficção no sistema médico-hospitalar brasileiro. No momento em que se entra num hospital e a morte se desenha como desfecho, aqueles que amamos deixam de pertencer a si mesmos. É uma espécie de sequestro, mas sem resgate possível.

No início de 2016, perdi um parente querido. Numa noite, logo após um dia particularmente feliz, um aneurisma em sua aorta rompeu-se. Depois de uma longa cirurgia, as possibilidades de recuperação eram escassas. Após mais de uma semana na UTI, em que ele não despertou nenhuma vez, complicações mostraram que não havia chance. Era preciso deixá-lo partir. Mas ainda assim ele seguia entubado, continuava sendo espetado por agulhas e manipulado de várias maneiras. Havia se tornado um objeto de intervenção. Quando manifestávamos nossa preocupação, a resposta era: “Não se preocupem, ele não sente nada”.

Receber a notícia da perda de alguém tão estrutural na vida é devastador. Podemos tão pouco neste momento. E o que podemos é cuidar. Para nós, não é um corpo sedado que ali está. É uma pessoa na grandiosidade de seus últimos momentos de vida.

Pedi então para conversar com um dos médicos. Ele me atendeu incomodado por estar sendo chamado. Manifestei, educadamente, a nossa preocupação com a continuidade dos procedimentos invasivos e a nossa necessidade de compreender melhor o que estava acontecendo e quais seriam os próximos passos. Já que não era mais possível desejar que aquele que amávamos vivesse, queríamos assegurar sua dignidade na morte e nos despedir em paz.

Estávamos no corredor da UTI, em pé. O médico não concordara em conversar com os familiares numa sala reservada, apesar de existir um espaço para isso. Ele alterou a voz, quase gritando. Claramente, sentia-se afrontado porque, como “doutor”, qualquer pergunta soava como um questionamento a uma autoridade que acreditava incontestável. Disse-me que não havia nada a ser questionado, que eles sabiam o que fazer – e estavam fazendo.

Ao ouvir a voz alterada do médico, o filho do homem que morria se postou ao meu lado. Ele, que perdia tanto, disse ao médico com toda a calma que não era aceitável ser grosseiro quando já sofríamos tanto. E reiterou que precisávamos compreender melhor o momento e os próximos passos para fazer as melhores escolhas. Depois de mais alguns minutos de rispidez, o médico afastou-se sem nos dar qualquer resposta. Estávamos num dos templos do sistema hospitalar brasileiro.

Naquele momento, além da dor da perda, já somava-se uma outra. Havíamos sido agredidos quando estávamos tão frágeis. Em vez de acolhimento, abuso. Nos dirigimos então à recepção da UTI para perguntar se havia um setor de cuidados paliativos. Estávamos confusos, sem informação. Nossa esperança era que alguém com um conceito mais humanizado sobre o morrer pudesse intervir e conseguisse responder a nossos questionamentos, assim como assegurar os direitos de quem morria. O recepcionista da UTI disse que iria pesquisar e, depois de alguns minutos, apareceu com um telefone num pedaço de papel. Era um domingo. Passei a manhã ligando e só encontrava uma gravação de secretária eletrônica. Perguntei se havia outra maneira de contatar o setor, o recepcionista me deu um celular de emergência da suposta equipe. Outra secretária eletrônica. Deixei recado. Nunca recebemos resposta.

Da sala de espera da UTI comecei a buscar orientação com médicos paliativistas que eu conhecia, trocando mensagens privadas nas redes sociais. Estes me escutaram e me orientaram pelo Twitter. Uma médica amiga foi ao hospital e entrou na UTI como visita para poder nos explicar o que estava acontecendo e o que poderíamos exigir que fosse diferente, a partir de nossa escolha de evitar procedimentos invasivos e desnecessários e poder alcançar a melhor despedida possível dentro das circunstâncias.

É importante sublinhar: foi preciso infiltrar uma médica para ter informações e tentar fazer escolhas que respeitassem aquele que morria. Num momento tão limite da vida de todos, foi necessário uma “clandestina” para tentar proteger quem partia. E o que era proteger e cuidar quando já não era possível salvar? Tratá-lo como uma pessoa, um ser com história – e não como um objeto, um invólucro de carne “que nada sentia”.

Pouco antes da morte, soubemos por uma enfermeira que há pelo menos uma semana já era claro que este seria o desfecho. Mas nada disso nos foi contado. Possivelmente não era necessário que morresse numa UTI, possivelmente não havia sentido que permanecesse numa UTI. Possivelmente poderíamos ter nos despedido do nosso jeito. Certamente poderíamos ter escolhido bem mais.

Mas no instante em que ele entrou no hospital, numa situação de emergência, perdemos o acesso a quem amávamos. Tínhamos apenas o acesso controlado ao seu corpo “que nada sentia”. De repente, ele era um objeto sob vigilância, protegido de nós, que com ele compartilhávamos a vida e a história.

Seis meses depois, em agosto, perdi meu pai. Havíamos combinado de assistir juntos à abertura da Olimpíada. Como morávamos em estados diferentes, eu ainda estava no caminho quando ele passou mal. Foi levado ao hospital de ambulância. E lá sofreu um AVC e entrou em coma. Meu pai tinha 86 anos e já não havia chance para ele.

Quando cheguei com parte da família ao hospital, depois da pior viagem de nossas vidas, ele estava na UTI. As visitas eram permitidas apenas em três horários. Como só conseguimos chegar de madrugada, convenci a enfermeira a me deixar entrar. Ao perceber que ela ficaria ao meu lado, pedi que saísse porque eu queria privacidade. Antes de sair, ela fez um comentário: “Fazia muito tempo que você não via o seu pai?”.

Meu entendimento era que meu pai morria de velho. Se não morremos por tiro, acidente ou catástrofe, alguma doença nos mata em nossa progressiva corrosão física. No caso do meu pai, poderia ter sido o coração, que tantos sobressaltos lhe provocou durante a vida. Mas foi um AVC. Assim, apesar da dor sem medida que eu sentia, me era claro que a morte era inevitável. Qualquer tentativa de esticar sua vida, na sua idade e naquelas circunstâncias, seria excessiva. Na melhor das hipóteses, ele teria uma vida sem vida, o que meu pai não gostaria nem merecia. Me era claro – e era para todos nós – que tudo o que podíamos fazer naquele momento era assegurar a ele uma morte digna e garantir a nossa despedida.

Ao contrário dos principais hospitais do país, a UTI do centro de saúde em que meu pai for internado não permitia a permanência dos familiares junto à pessoa doente ou em processo de morte. Segundo o Estatuto do Idoso, ele teria direito a um acompanhante permanente. Mas ali a UTI suspendia a lei. Era preciso esperar pelos horários de visita. Mas como ficar numa sala de espera enquanto alguém que amamos morre sozinho, entubado e cheio de fios a alguns metros dali? E por quê?

Nós queríamos estar com ele. Queríamos fazer carinho no seu cabelo enrolado e tão branco. Queríamos dar beijo na testa e também nas bochechas. Queríamos afagar a sua mão. Queríamos ter certeza de que ele não estava passando frio. Queríamos contar histórias sobre ele. Queríamos dizer que o amávamos e que ele seguiria vivendo em nós.

“Ele não sente nada”, ouvi mais uma vez. Ainda que ele não sentisse, nós sentíamos.

Quando horas depois o médico declarou a “morte cerebral”, sabíamos que ele tinha partido. Mas o horário de visitas não tinha chegado. A despedida já não importava ao meu pai, mas importava a nós. Ele já não estava lá, mesmo que o coração ainda batesse. Mas nós precisávamos dessa despedida para poder seguir a vida sem ele. O que nos roubaram ao impedir que ficássemos com quem amávamos, ao reduzir meu pai a um corpo passível de visitação em horários determinados, jamais poderá ser devolvido.

Minha mãe queria estar com o homem com quem viveu 63 anos de um casamento de amor, mas o horário de visitas não tinha chegado. Na noite anterior ela tinha dormido aconchegada a ele, horas antes conversavam sobre o que comprariam na feira, e agora ela era impedida de tocá-lo. Me era difícil suportar a indignidade daquela situação, mas ver a minha mãe passar por essa violência me era insuportável. Ela nunca poderia ter sido impedida de ficar ao lado do meu pai, de mão com ele. Não há necessidade de manter uma pessoa numa condição irreversível em uma UTI. E não há sentido em manter alguém na UTI longe dos familiares.

Naquele momento, meu pai já estava morto, e eu sabia disso. Morte encefálica é morte. E ponto. Mas minha mãe ainda seguia aguardando o horário de visitas. Toquei a campainha para falar com a enfermeira. Disse a ela que meu pai estava morrendo e que precisávamos nos despedir. Que não poderíamos esperar o horário de visitas e que também não podia ser um de cada vez, que precisávamos estar com ele juntos.

Ela negou, dizendo que isso era contra as regras – ou contra o estatuto do hospital, não lembro o termo exato. Eu retruquei que nosso direito de estar com o meu pai no seu morrer estava acima das regras do hospital. A enfermeira chamou o médico de plantão. Havíamos nos tornado a família criadora de problemas. Já tínhamos inclusive ouvido mais uma pérola: “As famílias sempre têm dificuldades de aceitar mortes repentinas”. Era o que para essa profissional justificava a nossa impertinência de exigir direitos. O médico chegou. Disse a ele o mesmo que havia dito à enfermeira. Ele concordou com os argumentos e permitiu nossa entrada.

Nos reunimos todos em volta do meu pai. Ele já estava morto, mas fingimos que o coração batendo era vida. E nos despedimos. A enfermeira que antes tinha barrado nosso direito de nos despedir talvez não tenha suportado a interdição. Com a justificativa de medir os sinais vitais, arrancava o lençol dele, expondo o seu corpo. Minha mãe, de 81 anos, voltava a puxar o lençol para cobrir o homem que ela amava, o homem com quem criou uma família, o homem com quem dividiu a vida. A enfermeira voltava a tirar o lençol. Minha mãe o recolocava. Dois gestos em disputa, o impasse de uma época. A mão asséptica, pragmática, arrancando o lençol (e a humanidade) transformava meu pai num objeto. A mão trêmula, gasta de anos, voltando a cobri-lo com o lençol, devolvia a ele a humanidade e a história.

O direito de permanecer junto à pessoa querida, assim como o direito de se despedir, seguiu sendo negado às outras famílias que estavam na sala de espera. Parte delas, em vez de se juntarem a nós num movimento que seria mais potente porque coletivo, nos acusaram de “privilégio”. Era desesperador ouvir direito ser convertido em privilégio justamente por quem era violado num momento tão limite. Mas não havia tempo para argumentar. Era preciso cuidar agora do corpo do pai.

Por mais que a gente se prepare para perder, e eu me preparo há muitos anos, a morte é um buraco. Não há um dia sequer em que eu não sinta falta do olhar do meu pai. Sei que ele vive em mim, o reconheço na forma como eu escuto o mundo, no formato dos dedos dos meus pés. Meu sorriso é o dele. Na minha carne há palavras que foi ele quem disse, suas histórias correm no meu rio.

Mas há um buraco onde antes havia o olhar dele. Percebo que envelhecer e perder é também aprender a andar por aí com o corpo esburacado pelos olhares que a gente já não tem. Passamos a ser carregadores de ausências. E há que se abrir espaço-tempo para viver o luto, porque só assim a gente descobre como reencontrar a alegria mesmo com o corpo esburacado. E a alegria, a forma mais bonita de amor, é quase tudo.

Meu luto é fundo, mas sereno. A violência vivida, não. Ela me escava. E é com ela que me debato hoje. Perto de mim, aquele que perdeu o pai no início de 2016 nomeou o que ambos vivemos como “estresse pré-traumático”. Passamos a ficar em pânico com o que acontece com uma pessoa quando ela entra num hospital e, de imediato, é convertida num objeto. E num objeto sequestrado. Descobrimos que nada do que já deixamos escrito servirá para barrar a onipotência médica se o nosso processo de morrer acontecer dentro de uma instituição hospitalar. Que nosso corpo será virado e revirado por estranhos, espetado e penetrado por objetos, mesmo quando estivermos além da possibilidade de cura. Que só teremos informações pela metade e que estranhos escolherão por nós.

Descobrimos que tudo isso que somos numa vida nos será roubado no final. Não pela morte, mas por um sistema médico-hospitalar que reduz pessoas a objetos. Numa paródia com o inferno de Dante, a inscrição no portão dos hospitais poderia ser: “Deixai toda história, ó vós que entrais”. Nem morremos ainda e já somos reduzidos a um não ser.

Me preparei muito para cuidar de quem amava quando morresse. E não pude. Não consegui protegê-los. Não fui capaz de fazer valer nem os meus direitos nem os deles. Aceitar que morremos e que perdemos é duro, mas é preciso. É nossa condição de existir. Mas a impotência diante da violência e da violação de direitos é uma indignidade que não podemos seguir permitindo que aconteça.

É isso o que aquele que perdeu o pai primeiro descreve como estresse pré-traumático. Prometemos um ao outro impedir a redução a objeto, mas sabemos que fracassaremos. Porque fracassamos em proteger o pai dele e o meu de quem deveria cuidá-lo. Se nossa morte não for súbita, não conseguiremos voltar para casa para morrer entre os livros, com a nossa música, no espaço que lembra de nós, entre aqueles que conhecem a nossa história. O último ato da vida será o de virar coisa num hospital. E, assim, o estresse pré-traumático seria a expectativa dessa objetificação, como os prisioneiros que ouvem os gritos nos porões e sabem que sua vez irá chegar. A antecipação da tortura já é tortura.

A imagem do nosso trauma é a descrita pelo historiador Phillipe Ariès em seu livro O homem diante da morte: “A morte no hospital, eriçado de tubos, está prestes a se tornar hoje uma imagem popular mais terrífica que o trespassado ou o esqueleto das retóricas macabras”. Pensávamos que podíamos escapar disso e cuidar da morte como parte da vida, mas a lógica do sistema nos esmagou. Lembro de uma mulher que entrevistei para uma das minhas reportagens sobre o morrer. Ao perceber o que fariam com seu marido, além da possibilidade de cura, ela e um filho fugiram com ele do hospital numa cena cinematográfica. Ela conseguiu encontrar um lugar em que ele pôde morrer em paz, mas ter de fugir para fazer isso revela o tamanho da distorção.

Naturalizamos essa lógica perversa em que se morre não como gente, mas como objeto. A assepsia do processo, os jalecos brancos, a linguagem que torna a maioria analfabetos, a informação que não é compartilhada, o poder da medicina sobre os corpos em nossa época histórica encobrem a perversão de um sistema em que bem no fim nossos direitos são suspensos. Se já não há história, não há sujeito. Se não há sujeito, não há direitos.

Não uso a palavra “doutor” para ninguém. Nem para médico, nem para advogado, delegado, procurador, juiz etc. O uso do “doutor”, no Brasil, ecoa nossas piores distorções históricas. E, sempre que evocado, volta a reeditá-las. Assim, escolho não usar como ato político. Mas em algum momento destes processos, me vi chamando médicos que violavam direitos de “doutor”. Percebi que queria agradá-los por duas razões: 1) a expectativa de que me tratassem com gentileza porque me sentia imensamente frágil; 2) o pavor de saber que eles tinham todo o poder sobre alguém que eu amava.

Ao fazer isso, eu assumia a posição de vítima. E esta posição, como é óbvio para qualquer um, tem um custo alto. Como a violência aparece travestida de cuidado, o que talvez seja a maior perversão do sistema, fica ainda mais difícil tratar violência como violência.

Percebo com clareza que a maioria dos profissionais de saúde não compreende que, a partir de um determinado momento, o que é apresentado como cuidado se torna tortura. Assim como o que é apresentado como zelo se torna excesso. Assim como não percebem que os corpos não lhes pertencem apenas porque ingressaram na instituição. E que, ao tomá-los, torna-se sequestro. Somos todos – e os profissionais de saúde também – filhos dessa época histórica. Por isso, quando questionados, os profissionais ofendem-se e sentem-se até mesmo injustiçados. Afinal, acostumaram-se a habitar um lugar idealizado e de enorme potência, o lugar de quem salva.

Esse estado de coisas, o funcionamento da instituição médico-hospitalar como espaço de absolutos, é naturalizado. Afinal, a medicina tem hoje o poder de decidir até mesmo quem é normal e quem não é – ou o que é normalidade. Ou, ainda, que a normalidade existe. O que somos não é mais algo complexo, cheio de camadas, mas um diagnóstico: depressivo, cardíaco, anoréxico, obeso etc. Quando esse poder de dizer o que uma vida humana é se une aos interesses da indústria farmacêutica, as chances de um olhar em que a pessoa não seja reduzida a um objeto se encolhem.

É preciso encontrar uma maneira de dar vários passos para fora e recuperar a capacidade do espanto. E assim poder enxergar o que acontece no espaço do hospital sem os véus encobridores da naturalização. Pegando o mais comum dos procedimentos, por exemplo. Uma simples injeção. Se não há justificativa, ela é não é cuidado. É tortura. Exatamente porque nem sempre é fácil identificar quando o cuidado se transforma em tortura, o questionamento se torna fundamental. E a escolha, ao final, só pode ser de quem morre ou de quem ama aquele que morre quando este já não pode escolher. O que para o profissional de saúde é digno, para aquele que morre pode não ser. Quem decide?

Se quisermos morrer como sujeitos, teremos que mudar a formação dos médicos nas universidades e botar limites na falta de limites

Abrir mão do poder absoluto sobre os corpos, porém, é algo difícil para grande parte dos médicos. Difícil por várias razões e, principalmente, porque significa aceitar a própria condição de impotência diante da morte. Assim, qualquer pergunta que questione esse poder, ainda que ela parta de uma pessoa fragilizada pela perda de alguém, se transforma numa ferida narcísica. Nesta época histórica, se quisermos morrer como sujeitos, teremos que mudar a formação dos médicos nas universidades. E botar limites na falta de limites.

Levei meses para compreender que me confrontava com duas situações inteiramente diversas. Uma natural, a da perda. A outra naturalizada, a da violência perpetrada pelo sistema médico-hospitalar. Uma é lidar com a condição humana de morrer. Com essa, podemos. A outra é lidar com a certeza de morrer como objeto. Com essa, não podemos. Uma é lidar com a dor da perda de quem amamos. Com essa, podemos. Outra é lidar com a violência de não poder assegurar o direito de uma morte digna a quem amamos. Com essa, não podemos. Uma é luto, outra é trauma. O luto se vive, o trauma precisa virar outra coisa para que a vida possa seguir. No meu caso, vira escrita. O luto – e a luta.

Num país em que o SUS está sendo atacado pelas forças do retrocesso, em que doenças como dengue e zika proliferam por falta de saneamento básico, em que a febre amarela ressurge no Sudeste, em que as pessoas morrem por falta de assistência, o debate sobre o direito de morrer com dignidade encontra pouco espaço. Mas é de vida que se trata. Se não sabemos morrer, jamais saberemos viver.

Por Eliane Brum, escritora, repórter e documentarista.

Fonte: EL PAÍS Brasil

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Eutanasia

É ilegal e não está autorizada para uso humano em Portugal, mas pode facilmente ser comprada pela internet. A droga, rápida e indolor, mais utilizada para a prática do suicídio assistido (a mesma que é usada nas clínicas da Dignitas, na Suíça), já causou quatro mortes em Portugal, confirmadas pelo Instituto de Medicina Legal. Uma investigação da VISÃO, que faz a capa desta semana, esta quarta-feira nas bancas, apurou que há inúmeros vendedores que fornecem, por 500 euros, o barbitúrico fatal. O mercado negro da morte floresce na internet, com procura crescente nos países onde a legislação proíbe o suicídio assistido.

A VISÃO falou com Philip Nitschke, o médico australiano que difundiu o uso desta droga para os doentes terminais. O Dr. Morte, como é conhecido, confirmou o interesse dos portugueses pela substância. Na Exit, a associação pró-eutanásia que fundou e que ajuda a encontrar os vendedores fidedignos, estão mais de 30 portugueses inscritos.

Interesse confirmado também por Laura Ferreira dos Santos, fundadora do movimento “Direito a Morrer com Dignidade” e doente oncológica desde 2001. “Estou entre a espada e a parede. Tenho metástases ósseas e vivo atormentada com dores permanentes e insuportáveis. Tenho acesso a um produto letal, sei onde arranjar a droga e equaciono usá-la”, revelou à VISÃO.
Nota: Por motivos éticos, e de acordo com as recomendações para prevenção do suicídio, a VISÃO optou por omitir o nome do medicamento letal e o seu princípio ativo e os endereços dos sites onde pode ser comprado.

Fonte: Expresso

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Foto: ShutterStock

O movimento “Direito a morrer com dignidade” já escreveu um manifesto a favor da legalização da eutanásia – que pretende publicar na íntegra em pelo menos dois jornais de grande tiragem depois das presidenciais – e se encontra neste momento na fase de recolha de “assinaturas de notáveis da sociedade portuguesa”, escreve o jornal iOnline.

O manifesto prevê “tanto a eutanásia como o suicídio medicamente assistido para pessoas lúcidas”. Os proponentes do manifesto dizem que é “óbvio que haja um direito inviolável à vida, o que não quer dizer que haja um direito irrenunciável a viver. Ninguém pode obrigar ninguém a viver com sofrimento”, defendem.

O movimento “Direito a morrer com dignidade”, criado em novembro pela antiga professora Laura Ferreira dos Santos e pelo médico nefrologista João Ribeiro Santos, foi desde logo apoiado por nomes como o cientista e deputado Alexandre Quintanilha e o jornalista José Júdice.

A lista de apoiantes aumentou e já aderiram o cineasta António-Pedro Vasconcelos, a pediatra Isabel Ruivo, a jornalista Lucília Galha e a investigadora Tatiana Marques, além dos dois fundadores do “Direito a morrer com dignidade”.

Nunca chegou à AR Em 2009, o então líder do Bloco de Esquerda, Francisco Louçã, defendeu publicamente num debate na Ordem dos Médicos, em Lisboa, a “legalização da morte assistida”, pedindo “acesso livre e informado” para os cidadãos. Embora tivesse afirmado que o seu partido iria apoiar esta posição, não houve iniciativa legislativa.

João Semedo, que ajudou a constituir o movimento “Direito a morrer com dignidade”, admitiu ao jornal iOnline que “o Bloco venha a apresentar a sua própria iniciativa”, provavelmente mais para a frente, “em virtude do calendário político dos próximos tempos”.

Tal como o aborto, é possível que um referendo à eutanásia venha a ser agendado, entregando a decisão aos portugueses. Em entrevista à Renascença, Assunção Cristas admitiu na quarta-feira esta possibilidade, para além de prometer que o CDS irá “tomar uma posição sobre a matéria nos próximos tempos”. Enquanto a posição do partido não chega, a antiga ministra deixou a sua visão pessoal: “Os cuidados paliativos são a resposta civilizada para o sofrimento em fim de vida.”

Liberdade de escolha Laura Ferreira dos Santos, 56 anos, é uma professora reformada da Universidade do Minho ao lado de João Ribeiro Santos, que lançou as primeiras sementes da iniciativa.

A aposentação antecipada deveu–se a problemas oncológicos, e foram dois cancros – o seu, na mama; e o da mãe, no pâncreas – que a fizeram estudar o tema desde 2001.

Estas situações levaram-na a contactar com realidades de sofrimento profundo e a refletir sobre os meandros do direito de pôr termo à vida. “A minha mãe morreu nove meses depois do diagnóstico, nos meus braços”, conta. “É que nem toda a gente tem a sorte de morrer como o Dr. Almeida Santos, ou como o meu irmão, que morreu repentinamente”, considera.

Já escreveu três livros sobre o tema: “Ajudas-me a Morrer?”, “Testamento Vital” e, mais recentemente, “A Morte Assistida e Outras Questões de Fim-de-Vida”.

É a favor da eutanásia e do suicídio assistido (realidade que desconhecia quando começou a pesquisar sobre o tema) e acredita que estas questões não se resolvem em referendo. “Os direitos fundamentais das pessoas não devem estar sujeitos a uma maioria. É uma questão íntima e uma decisão de cada pessoa.”

Assim, Laura acredita que este não só é um direito como “deve ser legislado pela Assembleia da República”. “As leis servem para que não haja abusos e a liberdade de consciência também é um direito constitucional”, lembra.

Por outro lado, para a antiga professora, “é um abuso da parte do Estado interferir nas convicções íntimas das pessoas. Só quem sabe o que sofre é o próprio”.

Uma questão transversal Para a antiga professora, a questão da eutanásia é transversal à sociedade. “Há pessoas de direita e de esquerda, religiosas ou não, que acreditam que as pessoas devem ter a liberdade de escolher morrer, desde que estejam lúcidas e não estejam deprimidas”, alerta.

Sobre a ideia de que uma rede de cuidados paliativos bem construída é uma alternativa ao problema, diz não estar contra o ramo da medicina, mas não o considera uma solução. “Nenhum defensor da morte assistida é contra os cuidados paliativos. O que dizemos apenas é que, se numa situação de fim de vida a pessoa não quiser viver mais, deve poder escolher não o fazer.”
Fonte: http://www.atlasdasaude.pt/publico/content/eutanasia-entra-em-forca-na-agenda-politica?utm_source=Not%C3%ADcias+di%C3%A1rias+Atlas+da+Sa%C3%BAde&utm_campaign=ba85beccf3-Not_cias_Di_rias_25_de_Janeiro1_25_2016&utm_medium=email&utm_term=0_273b3d8d31-ba85beccf3-98294813

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